Capítulo 35.1- Joyas predilectas

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Thomas permanecía inmóvil con la mirada grisácea sobre las tres gemelas, sus hijas. Tres niñas. Por su mente pasaban todo tipo de pensamientos: primero, ¿cómo iba a proteger a tres niñas de la misma edad?Debutarían en el mismo año y serían idénticas, un reto difícil de lograr incluso para el demonio; segundo, ¿cómo había podido suceder? y ¿cómo Gigi podía seguir tan entera y llena de vida tras semejante alumbramiento? Todo un milagro de la ciencia y un hecho admirable, admiración que recaía, por supuesto en Georgiana. 

Georgiana. Ella. Tan hermosa. ¿Serían sus hijas cómo ella? ¿Tres pelirrojas? Buscó algún rastro de vello en las bebés, todavía nada. Podía ser una señal de que, en efecto, serían de tono cobrizo puesto que si su pelo fuera oscuro como el suyo propio, unas vetas más oscuras mancharían sus cabezas. ¿Tendrían los ojos verdes? ¿Cómo su esposa? ¿O serían grises?Se acercó todavía con las manos manchadas de sangre, pero le fue imposible decretarlo. Las pequeñas permanecían con los ojos demasiado cerrados como para averiguarlo. 

En su trance, descubrió a dos pares de ojos sobre él. Y entonces, despertó. 

  — ¿Qué ocurre?—  se apresuró en dejar que Clarissa limpiara sus manos con agua tibia, sin dejar de mirar a su cuñada y a su esposa indistintamente; entre la duda y la ofensa por estar siendo observado de forma tan poco disimulada.

— ¿Te molesta que sean niñas?—  no titubeó Gigi en preguntar al ver que Audrey permanecía en silencio, la cual continuó en él hasta que salió de la recámara para dejar la intimidad necesaria al matrimonio. 

— ¿Pero de qué estás hablando?— se ofendió finalmente el Conde de Norfolk— ¿por qué debería de molestarme?

— Te recuerdo que los Condes buscan herederos. Que los hombres, los buscan...y para muchos de ellos, tener hijas significa una pérdida de dinero y de tiempo...— el semblante de Thomas se ensombreció hasta el punto de que Gigi temió haber hablado en demasía.

— Jamás vuelvas a insinuar que mis hijas son un inconveniente para mí, son tan hijas tuyas como mías y no permitiré que ellas me vean como yo...como yo vi a mi padre en algunas ocasiones...

— Lo siento—  bajó el mentón la madre novicia para enfocar a sus tres pequeñas, sintiéndose orgullosa de su esposo por primera vez. Sus hijas no tendrían un padre que las detestara o que las quisiera entregar al mejor postor y eso, para una madre, lo era todo. —Lo siento de veras...—   repitió dejando caer el agua de sus ojos sobre los de Thomas, permitiendo que el verde se fusionara con el gris y que una unión, que presumía ser indestructible, se diera lugar — Pensé en un nombre de niña...pero no en tres...¿cómo las llamaremos?

—Ámbar, Perla y Rubí señaló de izquierda a derecha; para que nadie dude nunca de que ellas— las miró dibujando un destello de amor sincero—son mis joyas más preciadas.

  — Me gusta...— antes de que pudiera terminar la frase la pequeña Ámbar estalló en llanto provocando que Perla lo hiciera también, mientras Rubí parecía inmune a todo cuanto le rodeaba. 

— Ya empiezan a mostrar su carácter—  tomó asiento Thomas al otro lado de la cama. 

  — ¿Puedes coger a Rubí mientras intento calmar a Ámbar y Perla? 

— ¿Yo?— se sintió extraño al recibir a un ser tan inocente entre sus manos. Rubí se acomodó entre sus falanges e incluso podría decirse que lo miró — ¿cómo las distinguiremos? —  cuestionó Thomas cuando vio que Gigi ya tenia el control de la situación de nuevo.

  — Yo ya las distingo—  el Conde alzó una ceja ante la soberbia de su esposa. 

— ¿Ah sí? ¿Cómo?—  se burló. 

— Mira, Ámbar tiene una pequeña mancha de nacimiento en el brazo. Perla, en cambio, tiene la piel impoluta. Y Rubí es más rosada. 

— Cierto... 



Manto del firmamento ( IV Saga de los Devonshire)©¡Lee esta historia GRATIS!