Capítulo 12

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Calder se levantó del suelo con un genio de los mil demonios. Miró hacia todas partes con ganas de tomarla contra alguien, pero sabía que la culpable de todo estaría metida triunfalmente en la carroza, tenía ganas de tomarla de la garganta y despescuezarla de una vez.

—Mi señor ¿se encuentra bien?

—Perfectamente. ¿Mi mujer?

—Lo está esperando en la carroza mi lord.

—Claro que lo está.

—¿Mi señor?

—Tú eres el espía que tiene mi suegro aquí, ¿cierto?

—¿M-Mi lord?

—No temas, lo sé desde que empezaste.

—S-Sí mi lord, soy yo.

—Bien, ¿Acaso dijiste que nos íbamos a Estados unidos?

El hombre, bajó la cabeza y asintió con vergüenza.

—¿Alguien reaccionó a ello?

—Todos reaccionaron mal excelencia, nadie parecía muy contento, pero creo que el amo joven fue quién quería ver a la señora.

—¿Adrien Collingwood?

—Sí, el amo joven.

—Entiendo, ¿trajiste una nota para mi mujer?

—Sí milord.

Calder suspiró.

—Bien, retírate.

Ahora que sabía la verdad, sentía que si merecía los golpes de su esposa. No podía creer que lo golpeara en la entrepierna, sin dudas era una mujer con agallas, estaría furiosa con él, pero era algo que no podía controlar, su temperamento era terrible y todo mundo lo sabía y lo respetaba por lo mismo.

Blake por su lado esperaba pacientemente en la carroza, disfrutando de los minutos que su marido tardaba para volver a recuperar la compostura tras la estocada que ella le había dado. No podía evitar sonreír cuando recordaba el rostro de sorpresa y dolor que él había lanzado. Ojalá le doliera por mucho, mucho tiempo. Cuando lo vio venir, quitó la sonrisa y se enfocó en volverse hacia el otro lado, mirando por la ventana.

—Vámonos Loren —dijo él sin ninguna expresión en el rostro.

Megan subió después de él, sentándose junto a su marido quién iba tan malhumorado como ella misma. Duraron más de tres horas en completo silencio, la tarde comenzaba a caer lentamente y el hambre se establecía sobre el estómago de todos. Parecía que nadie iba hablar hasta que de pronto Calder hizo un movimiento, como si se encontrara incomodo, lo cual provocó que Blake soltara una risita que la delató frente a los que iban sentados frente a ella.

—¿Te parece gracioso? —le preguntó él con molestia.

—Sobremanera.

—Es de clase muy baja lo que hiciste —le dijo, recordándole el golpe en la entrepierna.

—No me interesa, de hecho, rezaré porque te siga doliendo hasta la siguiente semana.

Él simplemente negó con la cabeza y miró hacia otro lado, dejando a Megan con la incógnita en la mirada.

—¿Qué se supone que pasó?

—Lo que sucede, es que, gracias tu intervención con mi carta, ahora Calder tiene un dolor muy fuerte.

—¿Qué?

—Se expresa: ¿Cómo dices? —corrigió ella, porque sabía que a Megan le irritaba, la hacía sentir tonta e inadecuada para Calder—, y lo que digo, es que puede que tenga problemas para... jugar contigo.

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