Capítulo 5: Partida

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Aún me esfuerzo en recordar lo que ocurrió después de que Bernoz desapareciera en aquel halo de oscuridad. Con uñas y dientes luchaba por no ser sepultada bajo un bosque de huesos corroídos por el tiempo. La fuerza me fallaba y el dolor había entumecido mis dedos que aferrados a mis viejos cuchillos de desollar desgarraban sin descanso ligamentos secos. Cuando caían como desmontados por piezas, un nuevo cadáver animado me amenazaba. Sus cuencas vacías brillaban con un extraño resplandor verde que ardía y fluía por aquellos cuerpos que antaño disponían de vida. Desplacé por un momento la mirada del combate para focalizarla en la figura cristalina que avanzaba a paso ligero hacia la hechicera que hace tan solo un momento casi me arrebataba la vida. Sus cabellos rojos se mecían gráciles con el vaivén de la brisa nocturna.  Jamás olvidaré el momento en el que Bernoz acarició la gema que ahora llevaba fijada a su pecho, miró a aquella mujer frente a frente y sin dudarlo ni un solo instante se dispuso a tirar fuertemente de ella. Mi grito de terror invocando su nombre no pareció detener su voluntad. Lloré. Había visto su cadáver reposar pálido sobre la tierra, sus huesos eran visibles y su hálito inexistente. Estaba muerto y ahora vivía gracias al que había llamado desde hace un tiempo, "su talismán". Impotente continué luchando por no morir descuartizada a manos de aquellos despojos malolientes. Mi corazón debía de estar a punto de salirse por mi boca. No podríamos salir del cementerio si aquella hechicera no detenía el despertar indómito que los antiguos pobladores de Hendelborg estaban experimentando gracias a ella. Las piernas me flaqueaban, el cansancio se extendía como un incendio por el resto de mi cuerpo. Eran demasiados. Un dolor punzante y agudo atravesó mi hombro izquierdo. Una risotada salvaje proveniente de uno de aquellos sacos de huesos celebraba que su radio ahora había quedado insertado permanentemente en mi carne. La sangre manó de la herida enseguida como un torrente, un espasmo en mi brazo me anunció que ahora me sería aún más difícil detenerles. Había tratado de avanzar hasta Bernoz con todas mis fuerzas, derrotada  asimilé que no me movería de aquel lugar si no se producía un milagro. Mis oponentes comenzaron a agolparse cada vez más numerosos en torno a mí, inmóvil caí sobre el suelo indefensa ante los dientes e incluso uñas de los pobladores del cementerio. Un golpe seco en la cabeza me hizo perder el conocimiento. Una sonrisa desdentada de uno de mis enemigos fue lo último que contemplé. Después, todo se volvió negro como aquella noche.

***

—¿Estás bien?

Su voz era suave pero varonil. Un acento difícil de ubicar me advirtió de que no se trataba de un poblador de Hendelborg. Si algo había aprendido en la peletería de mi padre, era a distinguir los clientes pudientes de los mirones y en muchas ocasiones el acento jugaba un papel importante. A pesar de mi destreza no logré identificar el de aquella voz que, siendo joven, parecía cargada de los ecos de una época pasada.

Abrí los ojos y le contemplé. Yo yacía sobre el suelo y él me observaba mientras se mantenía a cuclillas. Demasiados eventos se sucedían en mi cabeza para elaborar una respuesta para el que parecía, había sido mi salvador. Nunca había visto unos ojos como aquellos, almendrados y grandes, me observaban estáticos sin parpadear. Algunos cabellos oscuros escapaban de las pieles de zorro que conformaban su indumentaria.

—Me duele...— llevé mi mano a la cabeza donde encontré un claro hinchazón.

—Fue un duro golpe, te recuperarás.

Añadió más yesca a la hoguera que se encontraba cerca de mis pies, por la orientación del sol aún no oscurecería. Contemplé la estepa en la que me encontraba. Estábamos a varios días de Hendelborg y no recordaba qué había pasado con Bernoz. Me incorporé súbita, dirigí la mirada a mi alrededor tratando de encontrar en lo que ahora se había convertido mi amigo de la infancia. El brazo me ardía. Alguien debió extraer el hueso que me clavé durante el combate en el cementerio.

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