Capítulo 4: El plan (parte I)

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La muralla del castillo de Noinor cubría un perímetro tan espaciado que la mejor manera de atravesarlo era infiltrándose. Claro que esto no era posible en caso de una guerra, ya que no podrían infiltrarse miles de soldados; pero siendo un grupo de unos reducido de rebeldes, la tarea parecía más sencilla. Por lo menos así lo determinaba Oriana, la jefa de dicha expedición.

—Pondremos unas cuantas algas explosivas en este carro —la voz firme de la comandante a cargo explicaba con claridad el plan a seguir—. Luego, Bori —miraba a uno de los rebeldes que estaba allí—. Bori —algo enojada ya que éste se encontraba haciendo chistes y riendo con otros compañeros.— Bien —seguía ahora que había logrado que callara—. Bori disparará una flecha en llamas desde los arboles y generará el estallido —mostraba con su dedo el lugar donde debía generarse la detonación, que era la puerta principal del castillo—. Pondremos a alerta a los guardias y acá —señalaba a unos cuantos metros de donde se generaría la explosión—. Acá comienza la batalla —el lugar escogido por Oriana era muy estratégico ya que por ahí se hacían los ingresos y egresos de carretas mercantiles.

—Es un plan suicida—la voz de Bori hacía reír a sus compañeros.

—Vos y ustedes tres —señalando—. Se ocuparán de dejar el explosivo y detonarlo. Después unos cuantos arqueros cubrirán su escape entre los arboles... Mientras que yo y el resto del equipo, generamos el conflicto en este otro sector —el plan estaba claro y la voz de Oriana transmitía seguridad—. Recordemos, no tienen que haber bajas. Si se pone complicado, nos iremos, nadie debe ser capturado. ¿Estamos de acuerdo?

—¿Por qué Bori se encarga de detonar? —la voz de Engar tomaba parte en el asunto—. Yo soy mejor arquero —generaba una risa egocéntrica en el encargado de la detonación.

—Por eso es que vos cubrirás nuestro escape —decía Oriana dejando conforme a éste y volviendo a centrar la atención en lo importante.
Luego de ese pequeño momento de distención, todos estuvieron de acuerdo con el plan. Engar no estaba del todo conforme, pensaba que faltaba una parte esencial. «¿Cómo penetraremos la muralla? ¿Una vez dentro que hacemos?». Por no hacer el ridículo y suponiendo que ya habían hablado de esa parte, se guardo su pregunta.

Oriana era muy precavida y no contaba el plan completo salvo a quien deba ejecutarlo en su totalidad. No era una cuestión de confianza según ella afirmaba, sólo que «el enemigo no podrá extraerte lo que no sabés». Por esta razón es que las únicas personas que sabían del plan eran, el que lo había inventado, Oriana y Germanus. Éste último se encontraba tirado un tanto alejado del grupo que planeaba el ataque, ya sabía el plan de memoria y a decir verdad no le caían muy bien los arqueros. Solía decir que las flechas eran de cobardes y tampoco le agradaba mucho estar bajo las órdenes de una mujer. No era que no la creyera capacitada sino que creía que él podría hacerlo mejor.

—¿Afilaste tus lanzas? —Oriana se acercaba extendiéndole su brazo —. ¿Alguna duda del plan?

—Siempre tengo mis lanzas —respondía mientras guardaba una que tenía en su mano sobre un compartimiento de cuero que colgaba sobre su espalda. Él era un experto en el manejo de lanzas, portaba unas cuantas del tamaño de las flechas que utilizaba tanto en el combate cuerpo a cuerpo como en la distancia. También le gustaba llevar una lanza larga que sobrepasaba su figura, pero en esta misión la había tenido que dejar. Germanus era lo que Milton hubiera llamado irreal, superficial, engreído. Tenía una gran espalda y músculos lo suficientemente desarrollados como para conseguir una gran fuerza y velocidad, lo que lo convertía en un soldado muy particular —. ¿Estas más linda hoy? —también tenía su lado que él consideraba humorista.
Solía utilizar armaduras de hierro liviano pero por la tarea asignada, había decidido utilizar una de cuero y no paraba de quejarse.

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