Capítulo 34-El poder y la fuerza del firmamento

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Georgiana miró al exterior clavando su mirada sobre el glauco roble que chocaba contra su ventana cuando el viento lo empujaba a ello.  A penas le quedaban hojas, el invierno se las había llevado todas. Con la mirada puesta en una de las ramas que parecía languidecer y con las manos puestas en su abultado vientre, observó como su protegida - Sophia Peyton- atravesaba el jardín cubierta hasta las orejas - bien podía ser por el frío o por no ser vista- y se escudriñaba a través de una pequeña puerta para correr campo a través en dirección a la casa de los vecinos, los Marqueses de Suffolk. 

No era la primera vez que la veía de esa guisa, y sabía perfectamente que no iba a recoger bayas precisamente, así como tampoco iba al encuentro de ninguna amiga tan apreciada como para salir a escondidas, a expensas de que Thomas la encerrara en su cuarto de por vida. Se recordó a ella misma cuando tan sólo tenía quince años, corriendo para ver a Thomas en un invernadero de Chatsworth House. ¿Quién era ella para delatarla? Además, Sophia ya no era ninguna niña, ya había debutado en sociedad. Si bien podía informar a su esposo de lo que había visto por el bien de Sophia, para que su reputación no se viera perjudicada, ella no lo haría. No era que no quisiera protegerla, los meses de convivencia habían creado un vínculo bastante especial entre ellas como para preocuparse de su por venir. No obstante, no sería capaz de hacer la función de escolta o de guardia, o de entrometida. Era mejor que las cosas siguieran su cauce y llegado el momento, ya actuaría. 

Recorrió su mirada esmeralda a través de la habitación. Hacía un tiempo que se habían trasladado en las dependencias principales y tras renovar por completo la decoración de las mismas se sentía, por fin, en su propia casa. 

"Su propia casa". 

Desde que había muerto su padre, no se había sentido tan cómoda en ningún lugar. No era que en el Castillo de Dunster, en Somerset, no se sintiera confortable bajo la tutoría de su hermana Audrey y su cuñado Edwin, por supuesto que no. Era simplemente, esa necesidad de sentir independencia y seguridad al mismo tiempo. Esa necesidad de sentir que algo es tuyo, aunque no seas una persona avariciosa. En Dunster, sabía que algún día se iría, que algún debería partir hacia el hogar de su esposo y que, siendo la propiedad de su cuñado, ni si quiera podría volver en calidad de una hija que va al encuentro de su padre... por mucho aprecio que Edwin le profesara. En todo caso, ese tipo de privilegios los tendría Liza, que al haber estado bajo el mandato de su cuñado desde una temprana edad, era considerada como su propia hermana pequeña. Sabía que pensar así era un tanto duro y que muchas personas jamás concebirían ese tipo de reflexiones pero a ella siempre le había gustado primar la lógica por encima de los sentimientos. No era fría ni mucho menos, al contrario, era una mujer dada al cariño y al afecto; simplemente, era demasiado inteligente como para no ver la realidad. 

Buscó con la mirada los libros que se amontonaban sobre su propio escritorio. En cuanto empezó las clases en la escuela de medicina, a las cuales había podido asistir solo unos meses debido a su gestación, demandó tener su propia mesa en la habitación para así poder estudiar cuando le apeteciera. Era un deleite poder hacerlo sabiendo que nadie la reñiría, y era entonces cuando se acordaba de su difunta y malvada madre. Una madre que sólo la atormentó durante años y que le negó la posibilidad de formarse en cualquier ámbito que no fuera la sumisión al hombre. Por fortuna, todo eso había quedado en el pasado, y de ese pasado solo había algo que extrañaba: a su padre. Anthon Cavendish fue un buen padre, un padre comprensivo y amoroso, y si cerraba los ojos todavía podía sentir el tacto de su mano sobre la suya. Si apretaba los párpados, todavía podía sentir su mirada azulada, la misma de la de Audrey pero no tan fría, sobre ella.

Lloró su muerte a puertas cerradas por meses tras haber llorado la desaparición de Thomas en silencio por tantos otros. Absoluto silencio había reinado a su alrededor, no queriendo hacer partícipe a sus hermanas de su dolor. Intentando ser siempre práctica, intentando demostrar siempre una elocuencia ante ellas que en ocasiones le había faltado.  

Manto del firmamento ( IV Saga de los Devonshire)©¡Lee esta historia GRATIS!