Capítulo 11

12.3K 2.5K 520

Calder se levantó temprano aquella mañana en el que comenzaría el viaje hacía su hogar, iban directo hacía las tierras que lo vieron crecer y madurar. No todo fue bueno, no es como que uno logre cosas de la noche a la mañana. Fue ahí donde conoció al famoso hombre sin nombre, el temido Thomas Hamilton, quién lo había recogido como a cualquier desvalido que vagaba por la calle y malgastaba sus talentos en robar y tergiversar a la gente.

Recordaba bien aquél día. 

Él, como siempre, estaba en los mercados de baja categoría, viendo que comer y como robar a los mercaderes. Calder se había convertido en un experto en poco tiempo, aprendía rápido y los niños con los que siempre estaba contaban con él para la comida de ese día. Aquel soleado martes de verano se había topado con la sorpresa de encontrarse a alguien de categoría, con el tiempo aprendió a distinguir el andar y el porte con el que se manejaba esa gente y, a pesar de que aquél sujeto estuviera vestido como cualquier otro mercader, no era de por ahí.

No tuvo que pensárselo demasiado, le robaría a él, sería una presa fácil, puesto que, como cualquier hombre de clase alta, no pensaría que un chaval de diez años pudiera quitarle ni una basura de su saco. Ideo un plan para que otro de los niños lo distrajera mientras él sacaba algunas monedas de su bolsillo. Lastimosamente para todos, nadie engañaba a ese hombre y, en cuanto sintió su mano meramente cerca de su saquillo, le tomó la mano y lo levantó hasta la altura de su pecho como si fuera él un mero papiro.

—¿Qué quieres muchacho? Estoy seguro que anhela más que cinco monedas de mi bolsillo —había dicho el hombre de mirada intensa.

Él Calder de diez años se había puesto tan lívido que se compararía con cualquier vela, por un segundo pensó que aquél magnate lo mandaría rápidamente con las autoridades, sin embargo, el hombre lo soltó y se inclinó hasta ponerse a su altura.

—No tengas miedo, tienes potencial, pero no para robar, ¿qué dices?

Por alguna razón, Calder no contestó, la mirada de aquel hombre era tan imponente que apenas y logró asentir.

—¿Por qué robas?

Calder volvió la cabeza hacía el resto de sus amigos, quienes se escondían detrás de un puesto, con la cara asustada y ojos como platos.

—Porque me gusta —mintió.

Thomas volvió la mirada hacia donde el niño había dirigido la cabeza hacía unos segundos.

—¿En serio? ¿Te gusta más la idea de ir a la cárcel o ser azotado?

—Me gusta la idea de pensar que soy más listo que alguien y que nadie puede capturarme... bueno, hasta usted.

Thomas Hamilton sonrió y levantó las cejas.

—Eres orgulloso, te gusta sentir que tienes poder, aunque no lo tengas —lo escaneó— Aún no tienes ambición, pero la tendrás. Siendo así, te propongo que vengas conmigo, te enseñaré a manejar todo eso de otra forma, una forma sana donde robar no sea el medio.

—¿Por qué haría eso? Es uno de los ricos.

—¿Cómo lo sabes?

—Los puedo distinguir, aunque use esas ropas.

—¿En serio? Que observador eres.

—Aprendo rápido.

—En ese caso, ¿qué dices a lo que te propuse?

—Pero tengo que... —el niño volvió la mirada a sus amigos.

—Yo protegeré a tus amigos, ¿eso es lo que te preocupa?

El último Bermont¡Lee esta historia GRATIS!