Capítulo 32-Bóveda celeste

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Mis Astros Bellos! Tengo suerte de tener a seguidoras tan pendientes de mí y de mis novelas...porqué si no no me hubiera dado cuenta de que publiqué el capítulo 33 antes del 32. Lié los números de los capítulos y por eso fue que no se entendían detalles. MIL PERDONES. Aquí tenéis la parte que faltaba. Un beso enorme...

REPITO: ESTE CAPÍTULO VA ANTES DEL QUE HE PUBLICADO POR LA MAÑANA


  — ¿Por qué parece que nadie haya tocado nada de la decoración en viente años? No es que yo sea una erudita del tema pero... por favor, sólo hay que ver ese jarrón...  

  — ¡Karen por favor!— demandó Bethy sonrojándose por el poco tacto de su hermana menor ante un Thomas que no sabía si reír o echar a esa arpía de cuñada a golpes de tridente. 

— Mi padre lo dejó así cuando mi madre murió, no quiso perder su esencia...

— Ahora Gigi podrá ocuparse de esa tarea —  abogó Audrey por su hermana, esperando a que no tuviera que vivir en ese museo. 

— Por supuesto Lady Seymour—  concordó Thomas que parecía querer ganarse la empatía de su cuñada mayor a toda costa. Si a algo lo removía, era encontrar a una persona a la que no podía manipular. Y eso le estaba pasando con Audrey, por mucho que intentara buscar una grieta en la que colarse, ella seguía igual de distante, fría e impávida como al inicio. Miró de reojo a su esposo, ¿cómo aguantaría vivir con ese bloque de hielo? Sin embargo, estaba claro que Audrey amaba a sus hermanas, y si alguien amaba a Gigi, para él ya era bienvenido. Bethy era otro cantar, una dama típicamente pusilánime fácil de llevar, aunque todo apuntaba a que escondía un temperamento que salía a relucir en los momentos más álgidos de la vida. Karen, por otro lado, era un tempestad. Díficil por donde se mirara, un caballo sin domar; no obstante, por alguna extraña razón, resultaba ser una dama que caía en gracia sin esfuerzo por su parte, literalmente ningún esfuerzo. 

  La familia compuesta entre las hermanas Cavendish y sus respectivos esposos formaban un cuadro estrambótico en medio del salón más anticuado de Inglaterra. 

Por un lado, estaba la impasible y poderosa Duquesa de Devonshire, bien no era la Duquesa de dicho ducado pero era como si lo fuera, debido a la influencia que ejerció su padre para que la Reina le concediera ese privilegio a través de su primogénito Anthon. No obstante, Audrey no solo ejercía el control y el dominio de esa región sino que también lo hacía en la región de Somerset junto a su esposo Edwin Seymour, teniente del ejército. Audrey poseía una belleza singularmente fría, era pálida como la luna pero su pelo era oscuro como la noche así como su personalidad y formas acompañaban a dicho aspecto. Impoluta en su tono, su andar y su forma de sentar. Perfecta en todo, si no fuera por...por Edwin. Edwin Seymour, su esposo, un cínico y un canalla falto de modales que parecía importarle todo bien poco si no fuera por esa sonrisa irónica que emanaba peligro a través de sus comisuras. 

En segundo lugar, se podía ver a una dulce y cándida belleza inglesa. La perfecta dama, con el pelo rubio y los ojos verdes. Cálida en su tono de voz, su aspecto y sus modales. No estiraba tanto la espalda como su hermana mayor al sentarse, pero Bethy se esforzaba en ser una dama modélica en gran parte de sus acciones y conversaciones. Sólo tenía un defecto o lo que alguien sin sentido de la observación podría considerar tal cosa y, era su extrema timidez y sensibilidad.Con facilidad sus mejillas se teñían de carmesí y su esposo, Robert Talbot, un escocés asilvestrado, no la ayudaba a aminorar su vergüenza; o sí, realmente Robert, Marqués de Salisbury, con su espontaneidad y su naturaleza,  aventuraba a su esposa a sacar su temperamento en los momentos más inesperados. 

A otro lado del salón, estaba Karen. Karen Stanley, Condesa de Derby. Una mujer como pocas, con un aspecto extraordinariamente hechizante y una personalidad todavía más atrayente. Su pelo negro cual azabache combinaba a la perfección con sus orbes oscuras, unas orbes manchadas por pequeños destellos de luz que cegaban a cualquiera que fuera el destinatario de ellos. Su voz de mezzosoprano arrastraba cada partícula de aire que pudiera haber en el espacio que la rodeaba, haciéndose así tan fuerte y enérgica como verdaderamente su dueña era. Sólo había algo que parecía equilibrarla, y ese algo era su esposo: Asher Stanley. Él, con sus palabras comedidas, y sus discursos de político parecía calmar a la salvaje pantera que tenía por mujer. 

Manto del firmamento ( IV Saga de los Devonshire)©¡Lee esta historia GRATIS!