Capítulo 33- Redención

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  — ¿Cómo está tu hermana?— quiso saber Gigi una vez entrada la noche y cuando todo los invitados ya habían partido a sus respectivas moradas.

— Más calmada, ahora está durmiendo—  repuso Thomas tratando de ser indiferente al hecho de que ambos se encontraban liberados de todas las amenazas de una vez por todas y tras dos años de intrigas, penalidades y sufrimiento. 

— ¿Te das cuenta que es la primera noche en la que no debemos hacer frente a ningún tipo de amenaza o desgracia? 

— No lo había pensado—  mintió el nuevo Conde de Norfolk deshaciéndose de su frac —  espero que no te moleste que todavía no nos hayamos trasladado a las recámaras principales del edificio... al haber muerto mi padre tan repentinamente quisiera esperar un poco para ocupar sus dependencias. 

— En absoluto, ya es un gran logro que no tengamos que dormir en una cama mullida o acechados por algún enemigo—  trató de bromear Gigi removiendo su melena rojiza sin éxito. 

— Cierto—  levantó sus cejas Thomas — ¿qué haces?—  observó a su esposa sentada en una silla escribiendo algo que parecía captar su completa atención.

—  Estoy organizando la semana en que Geremmy y Emma estarán aquí con nosotros, quiero que sean unos días inolvidables para ellos...para así cuando vayan a Minehead jamás nos olviden...

— ¡Qué disparate! ¿Cómo te van a olvidar? Nadie en su sano juicio podría hacerlo...—  alabó el diablo a su presa que no tardó en darse cuenta del cauce de la noche.  

  — Por cierto sabes que mi hermana rige una escuela para mujeres...¿verdad?

— Sí...sí lo sabía...espera un momento—  trató de fingir desinterés en el asunto, ofendiendo por unos segundos a Georgiana, hasta que Thomas sacó de uno de los cajones de su escritorio un sobre. 

— ¿Qué es?

— Míralo tú misma...—  le hizo entrega del documento, el cual no tardó en ser devorado por su receptora.

— ¡No lo puedo creer! ¿Pero cómo?¿ De verdad no te importa? —  se incorporó dejando su hoja sobre el sillón y llevándose las manos sobre los labios presa de emoción. De una vez por todas, todo parecía encauzarse en su vida. Por primera vez en años, parecía que la vida le sonreía. 

— ¿Importarme que estudies medicina?¿Por qué debería de importarme?—  hizo una mueca de incomprensión. 

— No lo sé... hay hombres que no quieren que sus mujeres...

— Yo no soy cualquier hombre...— Gigi se arrojó a sus brazos dando un pequeño salto para llegar a ellos y se apoyó contra su cuerpo mientra él le rodeaba la cintura con agilidad. El calor entre ambos fue insoportable, como si abrazar a Thomas Peyton fuera como abrazar al mismísimo infierno. 

Thomas devoró su boca y cuando ella respondió positivamente a esa acción, por poco pierde el control. Sin embargo, deseaba que entre ellos hubiera algo más que una pasión desenfrenada. Por eso, luchando contra su propio cuerpo, se separó de sus labios para poder besar su frente, sus mejillas, su cuello y todo pedacito de piel desnuda que tenía a su alcance; provocando en Gigi un alboroto y sofoco interiores insoportables. 

  — Es verdad, no eres cualquier hombre...—  musitó ella en un intento desesperado de parecer elocuente.

  — Espera, tengo algo más...—  la dejó sentada sobre el borde de la cama, volviendo a ese cajón. 

— ¿Qué?—  preguntó ella, sintiéndose una niña pequeña recibiendo sus regalos de navidad.

Él por toda respuesta y entornando hacia un lado la comisura de sus labios, zarandeó una cajita de terciopelo esmeralda dejando a Georgiana confundida. ¿Una joya? Jamás Thomas le había regalado una; primero, porqué su economía jamás le acompañó y segundo, porqué seguramente ni si quiera prestaba atención a ese tipo de detalles.

— Creo que es hora de deshacernos de este trozo de hierro—  se arrodilló frente a ella cogiendo su sedosa y pálida mano entre las suyas; indicando a ese anillo que una vez improvisó en una herrería. Una herrería en la que se casaron. 

— Ya me había acostumbrado a él...— sinceró ella con cierto deje de tristeza, recordando el día en el que se casaron. Un día accidentado, atípico y lleno de contradicciones. 

— ¿No querrá ir por ahí con esta miseria de anillo Señora Peyton, Condesa de Norfolk?— preguntó simulando que el tema en cuestión era de vida o muerte.

— No, por supuesto que no— dejó ir una pequeña sonrisa, casi imperceptible, pero tremendamente seductora para su observador.

  — Entonces, déjeme que haga las cosas bien...

— Un poco tarde—  se burló Georgiana después de que ese hombre la obligara, prácticamente, a casarse con él. 

 —A ver...—se aclaró la garganta, intentando hacer una buena acción por na vez en su vida , hecho que le estaba costando más que respirar. Pero Georgiana valía ese esfuerzo, esa asfixia...—Señorita Cavendish, ¿quiere usted casarse conmigo?— hincó una rodilla en el suelo, abriendo la cajita aterciopelada, la cual mostró un anillo cubierto por esmeraldas y rubíes.

  — No lo sé...Me lo tengo que pensar...—  fue su actuación tan real que Thomas no pudo evitar sentirse un completo idiota por unos segundos hasta que Gigi esbozó una sonrisa ladina y canalla, de quien acaba de cometer una travesura — ¡Por supuesto que sí! 

  — Claro, claro que sé, ninguna mujer desperdiciara semejante oportunidad—  trató de recuperar el orgullo masculino que se había quedado por un momento perdido en la inmensidad de los orbes verdes femeninos que tenía clavados sobre él. 

— Sí,  por supuesto— ironizó ella. Si bien Thomas era apuesto, y galán, intimidaba a la mayor parte de muchachas por su aspecto lúgubre y su mirada casquivana. Solamente ella, por alguna extraña razón, veía más allá del demonio de Norfolk. 

El Conde no demoró más lo importante del asunto, y con toda la delicadeza que le fue capaz de reunir entre sus garras, deslizó ese hierro que un día de tanto sirvió para poner en su lugar una joya a la altura de la mujer que lo acompañaría el resto de sus días. La mujer que siempre tuvo que estar a su lado, y ninguna otra. Esa dama de la que se enamoró cuando tan sólo tenía diecinueve años. Su Gigi, su luz. 

Georgiana miró a su mano, verdaderamente esa pieza de orfebrería brillaba de una forma especial entre sus dedos. El verde de las esmeraldas y el rojo de los rubíes hacían una bonita combinación. 

Thomas se deleitó con la expresión de felicidad que la Condesa de Norfolk le regaló, y no tardó en abalanzarse sobre ella. Haciendo que su tierna y sedosa espalda chocara contra la mullida cama. Se adentró en su cavidad más húmeda, extasiándose con cada beso que ella le correspondía con frenesí. Georgiana se aferró a su pelo, al pelo oscuro de su esposo, para poder soportar la emoción que la estaba invadiendo. El deseo los consumió. La larga mano del demonio se escurrió entre los pliegues del vestido para arrancar corsé y enaguas de su cautiva, dejándola completamente desnuda frente a él. Y como si satanás pudiera sentir compasión, posó su mano sobre su vientre para detener por un momento su nigromancia. 

— Tenemos que tener cuidado...— recordó a su hijo, el cual reposaba en el interior de Gigi, diminuto pero fuerte.

— Es cierto— concordó ella, llevando su mano sobre la de su esposo, amando a un ser que todavía no había visto, pero que hacía poco que sabía que existía. 

Con esa delicadeza, Thomas acarició la piel de Georgiana. Mientras tanto, ella enterró sus dedos bajo su pelo, pero no tardó en bajar para sacarle la camisa de los pantalones, acto que provocó escalofríos  en su esposo. La estimuló disfrutando con la luz verdosa de sus ojos sobre los suyos, y la besó en el mismo proceso, para que la tortura fuera aún mayor. Deseó enterrarse en ella y así lo hizo, se adentró en su cuerpo, sometiéndose a su voluntad. La mujer con la que estaba haciendo el amor era hermosa, era un pedazo de cielo entre sus brazos, lo notaba con sus ojos y con su cuerpo. Sus colores, sus formas, su voz... Saboreó su imagen y su olor; el placer era tan intenso que rayaba con el dolor. Entonces sintió como ella se contraía entorno a él, y supo que no habría paz hasta que la liberara. Se retiró de su interior sin llegar a salir del todo para volver a adentrarse. Complacerla era una dulce agonía. No obstante, la esperó hasta que supo que estaba a punto de alcanzar el clímax. Momento en el que él también sucumbió, abrazando ese instante de redención.  

Manto del firmamento ( IV Saga de los Devonshire)©¡Lee esta historia GRATIS!