Me miró un rato, cavilando. Como quien reflexiona sobre si vale o no la pena comprar tal producto. Me sentí un poco escrutado y enarqué las cejas, apremiándolo.

Cuando se fue el único cliente que estaba allí esa mañana, el Grillo caminó hacia la puerta de la tienda y la cerró, colocando hacia fuera el cartel de "volvemos en unos minutos". Yo estaba expectante.

—Ven aquí –dijo, haciéndome una seña para que lo siguiera a la bodega. Obedecí en silencio y entramos. Era una habitación grande, poblada casi hasta el techo de cajas. Era fría también. El Grillo se agachó bajo unos estantes donde apilaba la mercancía dañada y arrastró un cajón blanco sin etiquetar. Detrás de este había más cajas. Muchas cajas.

—Lo que tengo ahí, ¿sospechas que es? –me preguntó muy serio, llevándose dos dedos juntos a los labios.

Tragué saliva. Empezaba a comprender por qué de pronto la inversión en el inventario de la tienda parecía ser más cuantiosa que antes, pese a que los libros de cuentas seguían igual. Había visto varias películas como para no acertar los tiros.

—Dios... —Lo miré abriendo mucho los ojos—. ¿Es en serio? –farfullé.

—No pongas esa expresión, Félix. No es como si traficara órganos, cabrito. Y gracias a esto podré aumentarte el sueldo este mes. ¿Qué te parece?

—Pero...

—¿Pero?

—¿Son drogas de verdad, no?

Me pateé mentalmente por actuar como un infante sin experiencia. Aunque lo cierto es que eso es lo que yo era: un infante de dieciséis años sin experiencia en esas cosas. Por otra parte, me daba cuenta de que estaba actuando de forma estúpida. Menudo retrasado parecía ahora.

No quería decepcionarlo con mis balbuceos, así que solté una risa algo temblorosa, como si me riera de un chiste que yo mismo hubiera dicho. Eso lo relajó.

—Solo de la básica –explicó con cierto tono jocoso—. Buena mercancía, claro. Pero nada que no te haga estar contento y amigable por un rato y ya. Todos felices.

—Vale –murmuré.

—Por eso necesito que me cuides las espaldas cuando no estoy, ¿entiendes? Si un inspector o alguien más llega encontrar esto nos jodimos tú y yo.

Esa última frase se quedó resonando en mi cabeza. Abrí la boca para protestar o decir cualquier cosa, pero las palabras se atascaron en mi lengua y no supe cómo verbalizar mi caos mental. Luego volví a recriminarme por actuar como un pollito asustado. Irene a veces me decía pollo desplumado para molestarme. No quería el Grillo tuviera esa percepción de mí.

"Este es el mundo real, idiota. No te comportes como un bebé".

—Quédate tranquilo –Forcé una sonrisa—. No se lo diré a nadie.

—Entonces puedo confiar en ti.

—Sí. Obvio que sí.

—Eso es lo que quería escuchar.

El Grillo se enderezó, revolviéndome el cabello con orgullo. Luego sacó su billetera y contó veinte billetes de muchos ceros que parecían nuevísimos. Me los dio con un guiño de ojo y yo los sostuve boquiabierto. Era demasiado dinero de golpe.

—Eres de buen material, chico. Buen material humano. Tú cuídame las espaldas y te beneficiaré siempre. En unos años más puede que ni siquiera necesites ir a la universidad. Veo mucho futuro en ti, cabrito.


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Adrenalina sutil; retumbos de miedo en mis venas, el entusiasmo de lo prohibido y una creciente inquietud traducida en ligeros apretones de estómago. Esas eran, más o menos, las sensaciones que me quedaron al quedarme solo tras el mesón una vez más. Notaba los billetes en mi bolsillo con la consistencia de una piel desnuda contra la mía. Con eso podía comprarme un iPad nuevo.

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