23- Félix

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FÉLIX



Había escuchado con frecuencia de otras personas lo mucho que les fastidiaba tener que ir a trabajar. Socialmente hablando, el trabajo parecía ser algo así como un "mal necesario". Irene, al menos, no parecía disfrutarlo tanto como se espera de alguien que estudió duro para dedicarse a aquello que le apasiona.

En sus propias palabras, el rubro de la publicidad era un mundo agresivo y competitivo. No es algo que le cuenten a los universitarios cuando les imparten la carrera.

—¡Ese puto caramierda! –solía despotricar.

Al menos la mitad de las veces que nos sentábamos en el sillón a cenar y ver la televisión, sacaba a su jefe a colación. Para molestarla, un día le insinué que solo lo insultaba para maquillar su amor no confesado y que del odio al amor solo había un paso.

La chancleta que recibí en la cabeza me indicó que no fue una buena idea abrir la boca.

—Cuando renuncie, lo haré dejando todos los proyectos a medias –manifestó una tarde, mientras veíamos Trainspoting—. Sabe que sin mí, iría por la vida con el culo a dos manos. Pero antes de renunciar le voy a regalar un vino con una rata muerta adentro.

Protegí a Ziggy de forma instintiva con mis manos. La rata dormitaba perezosa y un poco gorda sobre mi suéter después de tragarse un paquete entero de galletas. A veces se cagaba, así que tenía la precaución de colocar una hoja de papel bajo ella cada vez que la tenía encima. Pero su comportamiento y modales eran, por lo general, mejor que el de muchos seres humanos.

A las quejas de Irene se sumaban las de casi todos los adultos que conocía. Incluso los profesores, en su mayor parte, iban por la vida con expresión hastiada. Se les notaba en la cara que nos odiaban. Nos odiaban con una pasión reprimida, condescendiente. Con una absoluta falta de determinación. Nos odiaban, pero a la vez aceptaban su realidad sin oponer resistencia. Daban algo de lástima.

Pero no es culpa nuestra que su vocación caduque tan pronto.

Solo Karen parecía disfrutar su trabajo y por eso yo la admiraba. Era la adulta más genial que conocía, seguida por el Grillo, que realmente se enorgullecía de su tienda. O al menos eso aseguraba él, pese a que cada vez se la pasaba más tiempo ausentándose.

—Estaré unas horas fuera. Si vienen los inspectores, no dejes que entren a la bodega.

—¿Por qué? –Sonreí ladino—. ¿Acaso tienes pornografía de animales?

El Grillo me apuntó con el dedo de forma dramática, mirándome con los lentes negros de montura redonda a medias entre el puente de la nariz y sus ojos.

—Eso se llama zoofilia, chico.

—Lo que sea. ¿Por qué ahora sales tanto? –me quejé—. A veces la gente me pregunta por títulos de videojuegos demasiado viejos y no sé qué decirles. Esa es tu área.

Con los meses, él me había acostumbrado a que abandonara por completo las formalidades en su presencia. "Tratémonos como amigos, cabrito", fueron sus palabras. No había en el mundo un mejor jefe que el Grillo. Por eso yo era uno de esos extravagantes que amaban su trabajo, aún si para la mayoría (como Irene) no era la gran cosa vender mercancía friki.

Me dio unas palmaditas cómplices en la nuca.

—¿Puedo confiar en ti, no?

—La pregunta ofende, jefe.

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