Capítulo 31- Colisión de los astros

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Sophia Peyton se encontraba en su alcoba especialmente decorada por ella y para ella. Los tonos claros, pastel y rosáceos no faltaban en las paredes y los muebles. En ese momento, ella misma estaba peinando sus tirabuzones dorados, lo hacía con tanta soltura y gracia que nadie diría que esa tarea era propia de una doncella y no, de una dama distinguida. Sin embargo, a Sophia no le era necesaria la ayuda de una sirvienta para arreglarse puesto que amaba hacerlo por ella misma. Desde pequeña se había convertido en toda una pomposa y coqueta señorita. En su guardarropa no faltaban las medias, cofias, cintas y guantes de todos los colores, así como su joyero tenía dificultades para cerrar. Era la envidia de todo su círculo social, sobre todo de sus primas y vecinas; no solo por todo el derroche invertido en ella sino por el buen gusto que tenia a la hora de escoger aquello que iba a llevar en fiestas, reuniones y eventos.

A causa de esa permanente envidia que las personas de su alrededor le dedicaban, solo había encontrado la verdadera amistad en las beldades problemáticas: Karen, Diana y Catherine eran sus cómplices en las travesuras y aventuras menos esperadas en damas de su posición. Aunque tenían pocas ocasiones de reunirse, las cartas y las misivas no faltaban; de esa forma, aunque Karen hubiera estado en París durante nueve meses siempre habían podido mantener el contacto así como lo había hecho con Catherine durante su castigo por haber ido a casa de Marcus Raynolds sin escolta.

A pesar de ese sentimiento tan desagradable que provocaba en muchas jóvenes de su alrededor, ella era incapaz de sentir algo parecido. Estaba tan ocupada en ella misma, que jamás sería capaz de poder envidiar o celar a alguien. Algunos lo consideraban un defecto y, otros, una virtud. No obstante, lo que nadie sabía todavía, era que la única hija del poderoso Conde de Norfolk ya había entregado su corazón. Hacía años que Sophia Peyton se había rendido a los pies de su vecino: Brandon Howard, futuro Marqués de Suffolk.

Y con sus pensamientos puestos en Brandon y en el peinado que se haría para la tarde, fue cuando alguien tocó a su puerta. No eran los toques comedidos de su doncella ni los cansados de su padre. Eran unos desconocidos, estudiados pero afables ¿su cuñada?

- Pase- cantaleó, siempre alegre y feliz.

- Soy yo, Georgiana...- musitó la soprano que entró seguida de Thomas.

- ¡Oh pero pasad! ¿A qué vienen esas caras?- demandó alzándose de su sillón al mismo tiempo que dejaba el peine sobre la cómoda para correr a acercarse a su hermano, el cual no parecía ser el mismo de siempre - ¿Qué ocurre?¿Papá ya ha vuelto hacer de las suyas?- preguntó acostumbrada a las discusiones entre Thomas y su padre.

- Sophia...será mejor que te sientes...-pidió Thomas mientras Gigi acompañaba a su cuñada hasta el borde de la cama y sentaba junto a ella.

- Me estáis asustando...- se preocupó aunque quiso disimularlo con una de sus eternas sonrisas.

- Tenemos que contarte algo...

El grito de dolor invadió cada rincón del anticuado caserío de los Peyton, haciendo que cada sirviente, doncella o lacayo lamentara junto a la señorita la perdida de Charles Peyton. A pesar de que jamás fue un Señor agradable o afable, para nadie fue indiferente el trato tan distinguido que profesaba a su única y consentida hija.

Sophia corrió desgarrada al saberse huérfana hasta donde reposaba el cadáver de su padre y se cernió sobre él sin importarle que estuviera frío por completo.

- Papá, papaíto... no puedes dejarme sola, todavía no era el momento de que me dejaras sola...¡Oh papá! - rompió en llanto bañando la faz del difunto Charles con sus lágrimas - te amo tanto...

Georgiana corrió tras su cuñada. Sin evitarlo, se acordó del día en que su padre falleció, Anthon Cavendish. Y por ese motivo, se sentía completamente identificada con ella, hasta el punto de quedarse a su lado día y noche hasta terminar el velatorio. Thomas, por su lado, iba y venía, gestionando el entierro y los documentos que nadie tenía deseos de atender, pero que alguien debía ocuparse.

Manto del firmamento ( IV Saga de los Devonshire)©¡Lee esta historia GRATIS!