Me miró asombrado. Era la primera oración larga que le decía en mucho tiempo. Lo usual era que nos evitáramos mutuamente, como dos elementos inconexos. Intenté desviar los ojos, pero antes de que saliera de la cocina sosteniendo el plato, sujetó mi hombro.

Me tensé.

—Espera, Lucas.

—¿Qué? –murmuré a la defensiva.

—Creo... que deberíamos hablar.

Di media vuelta para enfrentar al fin su mirada, desconcertado. La voz que empleó había sido suave. Por primera vez en meses, no me miraba con frustración o frunciendo los labios como si le diera asco. Era tan extraño. Antes de que yo admitiera ser un bicolor, teníamos una relación cercana. Siempre había sido así. Leo se llevaba mejor con mamá y yo tiraba hacia el lado de papá. Eso mantenía un curioso equilibrio dentro del hogar.

Hasta que mi anormalidad llegó para destruirlo todo.

—¿Hablar de qué? –murmuré, algo asustado.

Entreabrió los labios, exhibiendo la misma expresión conflictuada que debía tener yo, hasta que la voz de Leo cortó de golpe el titubeante silencio entre ambos.

—Déjalo tranquilo.

Obviamente no se dirigía a mí.

—Leo...

Mi gemelo tenía el semblante rígido, listo para hacer una arremetida en caso de ser necesario. Siempre que me defendía a mí o alguno de sus amigos empleaba esa postura. Igual que la de papá.

—No estábamos...

—Solo te metes con él. Lo miras feo, peor que a un animal –continuó Leo furioso. Aunque sé que no era su intención, sus palabras me dolieron—. Déjalo, ¿vale? ¡Lucas no se merece que lo trates siempre así!

Mi padre se tensó también. Diablos: ambos se parecían tanto que hasta resultaba gracioso. La misma personalidad desenfadada, el mismo carácter chispeante, la lengua mordaz. Pareció que iba a enzarzarse en una de sus habituales discusiones con mi gemelo, pero se limitó a resoplar ligeramente y salir de allí.

Suspiré.

—¿Qué te estaba diciendo? –me preguntó Leo.

—Nada –murmuré, más abatido que antes—. No estaba diciendo nada.


~~~~~


Aquel tenso intercambio de palabras con papá y Leo en la cocina me hizo sentir asfixiado dentro de mi propia casa. Por lo general, yo tendía a encerrarme en mi habitación a ver películas, leer o dormir con Charles acurrucado sobre mi estómago. Ese era mi tubo de escape. Pero tras el comienzo de las vacaciones de verano, había adquirido la costumbre de salir a dar frecuentes paseos por la ciudad.

Me regalaron una bicicleta para navidad y el uso que empecé a darle fue constante. Eso sorprendió a toda mi familia. Leo comentó, con verdadera incredulidad, que al último que había esperado ver haciendo ejercicio era a mí. Pero yo no salía a pedalear para ejercitarme, sino para dejar de verlos. Pronto cumpliría los dieciséis y cada vez me sentía más... lejos.

Como si una parte de mí se hubiera desdoblado de los lazos que me unían a ellos.

Leo pasaba mucho tiempo con Diana, su novia roja. Por supuesto, él no podía llevarla a casa ni ella a la suya. Así que yo los encubría cada vez que planificaban salidas. Pero la frustración que sentía hacia mi hermano era cada vez mayor. A veces deseaba agarrarlo, obligarle a admitir ante todos en casa que él también era un bicolor. ¿Por qué no lo hacía? ¿Por qué tenía que ser solo yo el que cargaba con ese estigma? ¿Por qué era tan libre ante los demás pero no era capaz de asumirse ante papá y mamá? Me parecía un comportamiento de lo más hipócrita, pero yo, fiel a mi naturaleza cobarde, nunca abría la boca.

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