22- Lucas

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Verano, 2014



LUCAS


Aunque los doctores solían decir que mi abuela era una de las pacientes más dóciles de su condición que habían conocido, a veces se desataban peleas. Era como tener una nube constante encima de nosotros. Nunca sabías cuando iba a precipitarse la tormenta y si tendríamos listos los paraguas para hacerle frente.

Yo y Leo éramos los "encargados" de tranquilizar a Ñeñe cada vez que tenía una de sus crisis, pero cuando no estábamos, el cuidado de ella quedaba a cargo de nuestros padres o la enfermera, que asistía solo hasta las dos de la tarde.

Papá siempre llegaba después de esa hora, pues la mayor parte del tiempo se dedicaba a trabajar desde su propia oficina en casa. Decía que era de las pocas cosas que le gustaban de su cargo como arquitecto adjunto. Si bien tenía más paciencia que mamá, carecía de la constancia necesaria. Hacía todo a su manera, olvidando las imprescindibles instrucciones que nos daban los doctores sobre la forma de tratar a una persona con alzhéimer.

Y eso solo angustiaba más a Ñeñe.

—Suegra, ya le dije que...

—¡Yo sé que no comí!

—Se comió un plato entero de lentejas hace media hora. Ok, mire...—Vi medio oculto tras la puerta de la cocina cómo papá se pasaba la mano por el rostro y el pelo—, haga lo que quiera, suegra. Cómase otro plato si eso es lo que quiere. Pero que luego no me culpen a mí si le dan dolores estomacales.

—No me digas lo que tengo o no tengo que comer. Me acordaría si no hubiera comido.

—Pues no, no se acuerda. Y usted sabe que no recuerda muchas cosas. Se lo estamos diciendo constantemente.

—Me acordaría de eso –insistió Ñeñe, cada vez más agitada. Decidí, por esta vez, dejar a un lado mi tendencia a esquivar cara a caras con papá y entré a la cocina para ayudarle. Me miró sorprendido mientras yo sonreía a Ñeñe, diciéndole que fuera a sentarse a la mesa.

—Ve, abuelita. Te llevaré tu comida. ¿Quieres beber un té después? El otro día te gustó mucho ese que traía jengibre, ¿recuerdas?

Sus ojos brillaron.

—¡Sí! Eso sí me gustaría. Gracias, niño. Eres un tesoro.

La vimos caminar más tranquila hacia el comedor y al pasar me dio una palmaditas cariñosas en el brazo. Cuando nos quedamos solos, exhalé un suspiro y apunté la olla, donde quedaba aún bastante comida. Papá frunció el entrecejo.

Era curioso: con la edad, habían ido apareciéndole canas en las cejas, pero su cabello seguía siendo de un azul inmaculado. No lo llevaba tan corto como antes. Le lucía mejor así y algunas personas se quedaban mirándolo en la calle con aprobación. Alto y de espalda ancha, tenía cierto atractivo juvenil. Si no amara tanto a mamá (y no fuera un perezoso por naturaleza), no le costaría demasiado serle infiel.

Leo y yo nos parecíamos mucho a él, salvo en los ojos.

—No irás a servirle más comida a tu abuela, ¿no?

—Sí lo haré.

—Lucas... —masculló.

—Le serviré muy poco. Menos de la mitad. Créeme, papá: eso siempre resulta –Eché una pequeña cucharada de lentejas en un plato. Me sentía algo abatido—. Ñeñe apenas se da cuenta. A veces ni siquiera se lo come todo. Es mejor eso a que le busques pelea y acabes creando un embrollo peor, papá. Sabes que no hay que estresarla.

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