Capítulo 10

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Calder y Blake habían regresado a su casa hace ya dos semanas, todo había estado moderadamente normal, hasta ese lunes en la mañana, cuando de pronto él había dicho algo que detonó el nerviosismo de la joven pelinegra.

—¿Cómo dices?

—Que empaques tus cosas, todas ellas, nos vamos en tres semanas.

—¿Todas ellas dices? —frunció el ceño— ¿Por cuánto tiempo nos iremos?

—El que sea necesario.

—Pero, pensé que habías dicho que nos quedaríamos aquí, en Londres.

—Y yo pensé que estarías más que feliz de que nos fuéramos, fuiste la primera en reaccionar mal cuando dije de regresar a Londres.

—Bueno, eso era antes de que todo fluyera tan normal. Es verdad que mi familia no me habla, pero en general, siempre me gustó Londres.

—Lo lamento, pero tenemos que irnos cuanto antes. Ya establecí la fecha de salida así que será mejor que empieces a empacar de nuevo toda la ropa que te han mandado tus parientes, que no deja de ser bastante.

—Pero... ¿Estados Unidos? Eso está al otro lado del mundo, si me voy, significaría que jamás volvería a ver a mis padres, a mis tíos y primos.

—Tengo cosas que hacer allá, es mejor que mi presencia esté donde me necesitan, ¿no lo crees?

—Supongo, pero...

—En realidad no hay ningún "pero" que te acepte. Será mejor que hagas los preparativos.

Calder salió de la habitación, no era que en Londres fuera muy feliz, en realidad, ella no era invitada a ninguna fiesta de mujeres, a pesar de estar casada, ella era repudiada, era requerida en bailes exclusivamente por ser la mujer del ultimo Hillenburg y sería una grosería no invitar a la esposa del duque.

Pero todos la veían mal, no había nadie que le dirigiera una sonrisa sincera y sus primos y primas, a pesar de que siempre la trataban dulcemente y estaban con ella, no eran bien vistos al hacerlo, cosa que les importaba menos que poco, pero no dejaba de ser injusto, incluso sus tías eran dulces y la acogían con el mismo aprecio que siempre le tuvieron desde que nació. Pero era una peste para los londinenses y comprendía a la perfección eso, pero la hacía sentir solitaria... quizá si fuera mejor irse de ahí, ¿por qué tenía tanto miedo? Solo quería quedarse ahí porque le era conocido ¿qué tenía de malo lo desconocido? Además, iba con Calder quién, a pesar de ser tosco, frío y muchas veces un imbécil, nunca la trataba mal y la defendía cuando era necesario.

¡Sí! Estaba decidida, comenzaría su vida desde cero allá en esas tierras lejanas, en América, donde Calder había crecido y, según decían, se había vuelto millonario. No sabía que tanto recaía en mentira o en realidad, pero estaría a punto de descubrirlo por ella misma.

—¡Rosita! —gritó Blake— ¡Rosita!

—Si señora, dígame.

—Rosita, quiero que traigas baúles, muchos, necesitamos guardar todas mis ropas.

—¿¡Todas sus ropas señorita!?

—Sí, todas, el señor ha dicho que nos iremos de aquí en poco tiempo, así que empaquen todo.

—Si mi señora.

—Gracias, dile a Matilde y Rosario que te ayuden.

La mujer sonrió con una marcada cara de tristeza. Lastimosamente, la señora tenía demasiada ropa y sería un trabajo exhaustivo. Aun así, salió a atender lo que le habían mandado. Al tiempo, una mujer entraba con altiveza a la habitación, mirando de un lado a otro, buscando algo o alguien.

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