CAPÍTULO 2: UN ALIADO INESPERADO

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Rasec había llegado en el momento más tenso de esa guerra. Apareció en el Portal del Cielo la madrugada de un día de diciembre. Su cuerpo se materializó en medio de un relámpago que alcanzó a iluminar por completo el portal, mientras un sonido electrizante despertó a todos los allí presentes, quienes vieron cómo su silueta blanca fue adquiriendo sus colores.

Fue en ese justo instante en que se pudo percibir que iba vestido con su azul overol de tirantes, provisto con un hermoso bolsillo en la zona del pecho. Debajo del overol llevaba una camiseta blanca de mangas largas. Sus pies se encontraban calzados con unos zapatos deportivos negros dotados de cordones blancos.

—¿Me estaban esperado?—preguntó.

No había terminado de formular su pregunta, cuando la realidad saltó de manera intempestiva de la oscuridad de la madrugada, a la tranquilidad de una mañana fresca y agradable. Ahora la claridad del día insinuaba que debían ser las siete de la mañana.

—¿Quién te ha traído hasta aquí?—dijo Trinity, rompiendo el silencio.

—Ya habrá tiempo para las respuestas—respondió el joven.

Entonces se dirigió a uno de los baúles militares y extrajo su RN – 15. A partir de ese momento aquel sería el fusil asalto que lo acompañaría, llevándolo a menudo de manera cruzada a sus espaldas. Se tomó unos segundos para valorar el arma, revisando que estuviera cargada y verificando al mismo tiempo que tuviera activo el seguro.

—Bien, damas y caballeros—dijo—, ¡andando!

Bajó las escaleras del templete, mientras ubicaba el fusil a sus espaldas. Luego se aproximó al jeep hasta ubicarse en la puerta del conductor, donde se detuvo al ser consciente de que los miembros de la brigada permanecían inmóviles, observándolo y llenos de asombro.

—¿Qué están esperando?—preguntó—. Nuboff atacará en dos horas. ¿Piensan quedarse de brazos cruzados?

Con esa actitud y determinación que emanaba de su presencia, Rasec acababa de convertirse en el líder de la Brigada Púrpura. Un minuto después, los tres vehículos abandonaban el Portal del Cielo. Aquella obra de arte, ubicada en medio de la hierba verde y con sus columnas de mármol que formaban un círculo, fue dejada atrás.

A medida que el sol ascendía en el horizonte, un calor agradable impregnó a los tres jeeps. Rasec iba conduciendo el primero de aquellos vehículos, mientras en el asiento del copiloto se encontraba Trinity. Hablaban sobre todos los estragos de la guerra y la era apocalíptica en la que se hallaba el mundo.

Una hora más tarde, los vehículos atravesaron una llanura ocre y árida, dotada de enormes huecos nucleares. Las microbombas atómicas más pequeñas habían dejado hoyos de unos veinte metros de ancho. Hoyos que parecían haber sido creados por la punta enorme de un trompo.

Aún con la fiebre que lo atormentaba desde hacía tres días, Nathan observó a lo lejos que no existía rastro alguno de vida: ningún árbol, animal o hierba que recordará los gloriosos días de aquel lugar. Una región fértil en la que las vacas pastaban, en medio de cercas que delimitaban a las haciendas. Ahora era una zona devastada y triste.

—¿Cuántos soles han caído en este planeta desde que me fui?—cuestionó con humor el conductor.

—Los suficientes para devastar a casi todo la humanidad—contestó Nathan.

Los tres miembros de la Brigada Púrpura que acompañaban a Rasec habían dejado ya el asombro que inspiraba aquel joven conductor, quien estaba informado de casi todos los pormenores de La Guerra Solar. No era el momento para preocuparse de dónde había salido. Lo importante ahora para ellos es que evidentemente era un aliado.

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