21- Félix

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FÉLIX

FÉLIX

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Cuando me recuperé lo suficiente para volver a la escuela, la nieve decidió darle un respiro a Vivalri. Parecía que, por fin, había llegado el auténtico invierno. Empezaron a sucederse los días brumosos, envueltos por las ventiscas.

Yo aún me sentía un poco débil, pero estar en cama casi dos semanas no fue tan divertido. Por primera vez en mi vida, me descubrí deseando ir a clases.

—¿Vas a tomar el bus? –me preguntó Irene cuando abrochaba los cordones de mis zapatillas junto a la puerta.

—No. Voy a telentransportarme.

Me quejé cuando ella dio un fuerte palmetazo en mi cabeza.

—Sabes bien por qué te lo pregunto.

—No, no sé –repuse con una sonrisa taimada.

—Pendejo idiota.

—Vieja amargada.

—Aún caminas como un pollo desplumado –Hice una mueca—. Si quieres te doy dinero para que te vayas y te vengas en taxi. No quiero que te vuelvas a desmayar.

Mis ganas de hacer bromas se esfumaron al ver su expresión. Tenía el ceño fruncido, pero aún estaba preocupada por mí. Yo, por mí parte, me sentía fastidiado y quería gritarle que me dejara en paz de una puta vez, por lo que me obligué a mí mismo a ponerle un nudo a mi lengua antes de decir algo de que lo que me arrepentiría después. Entendía a Irene, pero a la vez me cabreaba.

Nunca me había gustado que me trataran como si fuera algo frágil. El niño huérfano, el chico solitario, el chico enfermizo...

Odiaba la fragilidad. Odiaba que me hicieran sentir débil.

—No. No necesito irme en taxi. Además el cole queda cerca.

Afortunadamente, ella pareció notar mi frustración interna y quitarle peso al asunto con un floreo de la mano.

—Ok, ok. Vete ya.


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La escena con la que me topé al cruzar hasta el frontis de la escuela me hizo frenar de golpe junto al grupo de estudiantes que se iba aglomerando en la calle, cerca de los estacionamientos de bicicletas. Atisbé también a Lucas, que me miró con expresión conflictiva.

Pero ninguno de los dos acertó a hacer nada salvo observar cómo Brenda y una de sus antiguas amigas se propinaban cachetadas, patadas y empujones, cayendo como gatas furibundas sobre el piso escarchado. Algunos silbaban y otros echaban más leña al fuego dando ánimos y riendo.

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