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Pen Your Pride

Capítulo 9: Esa herida que aún palpitaba

La puerta se abrió. Lucas por fin había llegado a casa. Se quitó las botas y las dejo en la entrada, de cualquier manera; lo mismo hizo con las llaves. Se sentó en el sofá y miró por la ventana; un nuevo día estaba comenzando a despertar. Suspiró. Y pensó en todo lo ocurrido aquella noche atrás: la chica humana, Belcebú, Azazel, Miguel... Se paso una mano por el pelo y se levantó, poniendo rumbo al baño. Una vez allí, se miró por primera vez al espejo y se dio cuenta de las consecuencias de aquella noche: tanto su camisa como sus pantalones estaban quemados y destrozados, algunos trozos de su piel mostraban cicatrices que dentro de unas horas no volvería a tener, sus ojos tenían un tono más apagado de lo normal; pero lo que más le asombro fue ver el reflejo de sus alas, y darse cuenta de que aún estaban más demacradas que el día anterior. Entró a la ducha.

El agua que caía por su piel no tenía ningún efecto calmante. Paso una de sus manos por su costado izquierdo, justo donde estaba su corazón, y noto aquella cicatriz que le había acompañado durante años. Golpeo una de las paredes, y unos azulejos cayeron. Esa herida que aún palpitaba, como si tuviera vida propia; él intentaba recordar como se la había hecho, ¿había sido una espada? ¿Había sido un trozo de cristal? Y por un momento, como todas las noches, se pregunto si no tendría corazón. Si los ángeles eran buenos por naturaleza, pero no tenían corazón porque no lo necesitaba. Si aquello que corría por sus venas no eran sangre, era un líquido dorado; ¿por qué iba a tener ese órgano que no utilizaban? Si, como le habían dicho milenios atrás, no se podía enamorar, ¿por qué notaba las pulsaciones, no solo de la cicatriz, si no de su corazón? Un segundo ritmo acompañana al de la parte más horrorosa de su cuerpo. Salió de la ducha y se puso una toalla. 

Una vez en el dormitorio, abrió el armario y cogió lo primero que había: una camiseta negra y unos vaqueros viejos desteñidos y rotos. Se tiro en la cama y, por un momento, intento dormir... pero aquello fue en vano. Aún recordaba la pelea de la noche anterior, como Belcebú no había necesitado ni el mínimo esfuerzo para acertar varios golpes, mientras que él había necesitado concentrarse casi al máximo; ¿estaría perdiendo facultades? 

En otro lugar de la ciudad.

Una mujer pelirroja se comenzó a vestir; primero una camiseta gris, con las mangas y la parte baja cortada dejando al descubierto tanto el vientre de la joven como su sujetador por los lados, debajo unos pantalones cortos de cuero. Mientrás se ponía las botas, el hombre que yacía asu lado le rodeo la cintura.

-¿Dónde vas?-

-Tengo cosas que hacer.-

-¿No pueden esperar?-

-Son ordenes.-

-Así que el príncipe de los demonios también recibe ordenes-

- No, soy inmune y libre de hacer lo que quiera- dijo con ironía.

La joven se levantó de la cama y fulminó con la mirada al caído. Entro al baño y se miro en el espejo, por un momento le pareció ver motas azules en sus ojos verdes, pero en seguida desaparecieron; haciendo que no pareciera más que una alucinación. 

-Te puedes quedar aquí si quieres.-

-Mándale recuerdos de mi parte.-

-No creo que ahora este de humor para saber que ha pasado, esta noche, entre tu y yo.-

-Y yo no creo que Él se haya vuelto tan estricto.-

-Azazel, no sabes de quien habla- dijo el demonio rodando los ojos.

-¿Por qué dices eso?-

-Lucifer, no esta de humor para tonterías.-

-¿Esto ha sido una tontería?-

Ella rodó los ojos, se apoyo en la pared y le miro. Por un momento pensó en la grandeza que había tenido ese ángel, ya caído, hace años. Suspiro y miro la hora, faltaban tres minutos.

-En este momento, creo que hay cosas más importantes que un simple polvo.-

-Hace años no hubieras dicho eso.-

-Hace años eras mucho mejor.-

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