Capítulo 2

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Capítulo 2

Los pies me pesaban, tenía la mitad de los músculos agarrotados y la otra mitad doloridos. El cabello me caía como una cortina enmarañada por encima de los ojos y su suciedad me repugnaba. Pero con todo mi cuerpo lleno de magulladuras, cortes y heridas, era lo último en mi lista de preocupaciones. Rebusqué con dolor en mi bolsa y localicé mi dinero. Guardado cuidadosamente en un saquito de tela había unas cuantas monedas. Habían sido un obsequio de mis abuelos, que con cariño, me prometieron esperar a mi vuelta. Pero claro, lo que yo no sabía es que aquel maldito desgraciado vendría a buscarme allí. Me pasé llorando tres días su muerte. Lo último que me había quedado era aquella bolsita de tela, la bolsa de mi abuelo y su cuchillo. El recuerdo de aquella columna de humo y la imagen de la posada en llamas me perseguía en mis peores pesadillas.

Perdida como estaba en el bosque, no sé ni como logré encontrar aquel riachuelo. Había sido perseguida por todo tipo de criaturas.  Había visto perros pequeños y adorables, corriendo de un lugar para otro y buscando cariño. Pero los enormes perros  que había visto en aquél bosque no se les parecían en nada. Mi último encuentro con ellos casi me había costado la vida.

Me despojé de mis ropas con rapidez, a pesar del roce con las heridas y me hundí en el agua. Ésta se hallaba totalmente helada, pero no me importó. Alargué el brazo tiritando para sacar de mi bolsa un poco de jabón. Cuando lo vi no pude evitar pensar que aquello era estúpido. Ahora le daba mil gracias a mi abuela por su excesiva preocupación. Me froté con él tratando de alejar toda la suciedad de mí y repetí el mismo ritual con mi pelo. Volví a sumergirme para librarme del jabón. Una vez me pasé un rato en el agua, el frío comenzó a desaparecer. Agradecí que nos encontráramos en una zona calurosa. Con aquellas gélidas aguas, podría haber muerto congelada.  Me reí sin poder evitarlo. “El frío nunca te matará”, me recordé a mi misma con desagrado.

Nadé entre las flores, juncos y otras extrañas plantas que decoraban el lugar. Parecía de ensueño, pero sabía de sobra que no era así. A saber qué tipo de criaturas vivían en el fondo y ahora se encontraban escondidas, observándome.  Llegué hasta una roca a la que le daba de lleno la solana, y me senté en ella para disfrutar del calor. Éste acarició mi piel y por una vez en días, me sentí a gusto.

Cuando el sol terminó de secarme, que fue cerca de treinta segundos, descendí hasta el suelo y me vestí con ropa limpia que tenía en mi bolsa. Hacía días que andaba andrajosa, pero hasta que no encontrara un lugar donde lavarme, no tenía pensado disfrutar de mi único recambio. Me mordí el labio para aguantar el dolor cuando me puse el pantalón y la camisa. A mi abuela le disgustaba que anduviera de un lado a otro con ropa de hombre, pero, ¿qué iba a hacer? ¿Viajar con un vestido? ¿Huir de bestias hambrientas tropezándome continuamente con el borde de seda de un hermoso y femenino traje de mujer? No, gracias.

Lavé mis sucias ropas y las coloqué en el sol. Arrugué mi pelo para que se secara antes y me permití el lujo de sentarme a descansar mientras esperaba. En aquellos momentos no pensé en que yo misma podría haber secado mi ropa. Prefería seguir pensando que yo era normal y que el rey no tenía ningún motivo para perseguirme.

Mi pelo no tardó ni un minuto en secarse. Mi cuerpo emanaba un fuerte calor que podía abrasar cualquier cosa que tocase.

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