Capítulo 1

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Entré en casa cargando con dos cubos a rebosar de agua. El cansancio y el calor me habían acompañado sin pausa durante toda la mañana, dejándome agotado a tempranas horas de la tarde. El cielo estaba teñido de un color azul aún brillante cuando, a disgusto de mi madre, abrí la puerta de una patada.

-¿Para qué tienes las manos?-protestó ella.

-¿Para coger cubos?-respondí medio enfadado medio riéndome.

-Claro que sí, hijo. Pero me temo que tendrás que volver al pozo.-me anunció cogiendo mi carga y vaciándola en uno de los enormes cántaros de barro que teníamos en casa.

-Podría ir Lex. Está todo el día persiguiendo mujeres en vez de hacer lo que tiene que hacer.-me quejé.

-Nat, es sólo un niño-lo defendió mi madre.

-Tiene catorce años y ya es un maldito mujeriego. Conciénciate. No es un niño.

-¿Y tú qué?-exclamó ella dejando de nuevo los cubos en mis doloridas manos- a ver si nos traes ya a una jovencita para que me ayude con la casa.

Mis orejas cogieron color ante la sola mención, pero no me dejé amilanar.

-Ni hablar. Las chicas… las chicas… no son lo mío.-traté de decir estúpidamente.

-Pues van a tener que serlo porque tenemos una invitada en casa.-mi mirada se posó en sus desafiantes ojos y luego hacia su mano, que me señaló un rincón de la casa- y es una mujer de carne y hueso.

Mi vista se deslizó hacia la cama donde mi padre solía recostarse tras comer. En ella, había un bulto sobresaliente, inmóvil. Estaba cubierto por una manta verde. De ella sobresalía una mata de pelo pelirroja.

-¿De dónde ha salido?-pregunté bajando el tono.

-La he encontrado esta mañana. No tenía pinta de ser una vagabunda, más bien una viajera. Me preguntó por una posada, pero al final, su propio cuerpo la traicionó y se derrumbó delante de mí. Lleva durmiendo desde esta mañana.

Observé a la chica, sin poder ver su rostro, tapado por sus cabellos.

-No sé, madre-dije desconfiado- ya sabes que no te puedes fiar de cualquiera. Sobre todo…

-Sí, lo sé-me interrumpió ella- su pelo… es el cabello de las profecías, hijo mío.

-Olvidas que también son los cabellos de quienes nos torturan.-gruñí.

Mi madre no contestó. Su mirada se había perdido en la figura de la viajera, que se revolvía en esos momentos, inquieta.

-Me voy-dije poco convencido- volveré pronto. Sabes defenderte, ¿verdad? Digo por si se despierta… ¿Dónde demonios está Lex cuando se le necesita?

-Dudo que tenga que hacerlo-me contestó ella ceñuda.- sólo es una simple chiquilla. No puede ser mayor que Lex.

Dirigí una última mirada hacia la desconocida, y cuando me fui, lo hice con paso firme y la barbilla alta. Porque tras su atormentado sueño, sus cabellos del color del fuego, habían sido apartados y me habían dejado ver su rostro, y ningún hombre, y repito, es inmune a la belleza de una mujer.

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