Desde que tengo uso de razón, me han gustado mis cumpleaños. Soy de la clase de personas a las que les gusta el día de su cumpleaños, y de las que lo disfrutan al máximo. Mi nacimiento se produjo un soleado y caluroso 5 de Junio, fecha recordada por algunos como el desembarco de Normandía en 1944. Pero para la gente de mi entorno, este día es recordado como mi cumpleaños.

Mis celebraciones de cumpleaños estaban todas marcadas por un mismo patrón, que se repetía año tras año. Mi madre y Greta venían a mi habitación a despertarme cantándome “Dancing Queen”, una tradición que se había impuesto cuando la empecé a cantar mientras sonaba en la radio el día de mi tercer cumpleaños. Luego, al llegar a la cocina, llena de globos de colores, me esperaba mi padre preparándome mi desayuno favorito: tortitas recubiertas con chocolate y caramelo. Como esos días solía tener clase, me iba al colegio, donde me esperaban mis compañeros, que cantaban “Cumpleaños Feliz” al verme. Normalmente, los que tenían algún regalo me lo daban, y si no, esperaban a mi fiesta.

Mis fiestas. Mis famosas y geniales fiestas de cumpleaños. Cada año, mi madre se estrujaba la cabeza pensando en un sitio diferente donde celebrar mi cumpleaños, que debía de estar situado en Nueva York o en las cercanías de la ciudad. Una vez elegido el lugar de la celebración, mandaba las invitaciones de cumpleaños y organizaba una fiesta sencillamente genial, donde estaban todos mis amigos, mis compañeros de colegio y familia.

Todos los años, el patrón de celebración era exactamente igual, con la excepción de mi decimoséptimo cumpleaños. No me gustaba recordar esa fecha demasiado, no era algo agradable. Mi intención de olvidar ese cumpleaños se debía a que el día de mi fiesta, que se celebraba ese año en el hotel Astoria Waldorf con un baile por la noche, decidí que quería perder la virginidad con mi novio de por aquel entonces, Christian Valley. Llevábamos cinco meses y medio juntos, y como estaba tan estúpidamente enamorada de él, quise que él fuera el primero en acostarse conmigo.

Finalizando casi la fiesta, después de soplar las velas y con la excusa de que estaba cansada, le dije a mi madre que me iría a casa. Ella insistió en acompañarme, pero le dije que se quedase a disfrutar de la fiesta. Al llegar a casa, me quité el vestido de noche y me puse ropa normal, y, subida a un taxi, fui hasta casa de Christian.

Sabía que la casa de Christian estaría vacía, porque sus padres y su hermano pequeño estaban en mi fiesta. Subí en el ascensor los dieciocho pisos hasta su apartamento, y al llegar, abrí la puerta con la llave que me había dado él. Encaminé mis pasos por el piso vacío, que ya conocía de memoria, hasta su habitación, situada casi al final del apartamento. Abrí la puerta, esperando encontrarlo a él durmiendo, pero me equivoqué de pleno. Quien se encontraba con él era la que creía hasta ese momento mi mejor amiga, Lea Kingston. Christian, al verme, se tapó lo mejor que puso y se acercó a mí:

-          Lena, esto no es lo que parece – dijo tocándome la cara.

-          ¡Ni me toques cerdo! – le grité.

-          Lena…

-          ¡Ni Lena ni nada! No quiero volver a verte en lo que me queda de vida. – dije, acercándome a la puerta.

-          Pero Lena… – empezó a decir él, pero antes de que continuara, me acerqué a él y le pegué un bofetón.

-          Esto es por si no te había quedado claro – le dije marchándome de allí.

Unas dos semanas después de eso, mi madre pilló a mi padre con su secretaria, provocando su divorcio y mi posterior ingreso en el internado. Por todo eso, no me gustaba recordar ese cumpleaños.

Pero ya había pasado un año. El tiempo había curado esas heridas y abierto otras nuevas. No quería amargarme recordando todos esos acontecimientos, ya que habían pasado demasiadas cosas buenas que superaban con creces todo eso: mis nuevas y geniales amigas, Christopher, la boda de mi madre con Joe, el divorcio de mi padre con la rubia unineuronal de su secretaria, la noticia de que tendría un hermanito o hermanita…

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