I

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«El amor es un humo hecho con el vapor de los suspiros».
William Shakespeare.


—¿No te dan miedo los aviones? —pregunto con un hilo de voz a mi compañero de vuelo. Él, me observa durante unos segundos, como si estuviera estudiándome, pero antes de que hable continúo—, claro que no es que yo le tema a los aviones, no. Lo que temo es que haya un desperfecto y quedemos estampados en alguna superficie de un país extraño, o aún peor, que nuestros cuerpos queden en el océano y tarden meses, tal vez años en encontrarnos. ¿Tú no?

Suelto una risita nerviosa, me sujeto a los bordes del asiento y respiro profundamente. No miro a mi compañero de fila, pero siento que sonríe como si todas mis palabras fueran un chiste. Tal vez lo son, pero debería tenerme paciencia, solo es mi segunda vez en un avión. Y estoy al otro lado del mundo contando mi posición global inicial, no tengo a nadie que me ayude a controlar mis nervios, es por eso que no dejo de hablar.

Mi interlocutor, aunque todavía no ha dicho palabra alguna, pero lo ha intentado y lo he interrumpido, abre su boca y no dice nada. La que habla nuevamente soy yo.

—¿Crees que el verdadero amor exista?

Vuelve a sonreír, casi puedo decir que es una sonrisa coqueta.

—No es porque piense, ahora mismo, que estoy enamorada de ti. Y no, no es porque me parezca poco atractivo o una persona con una belleza física repulsiva, lo que pasa es que todo esto inició porque estoy empecinada en creer que el amor verdadero sí existe. Y no cualquier amor, sino el amor romántico, el pasional, el de parejas, y todo eso. —Vuelvo a respirar profundamente para seguir con mi verborrea: —lo que pasa es que cuando yo era una niña mi mamá siempre me contaba los cuentos de los hermanos Grimm. Pero no esos que terminan con un final feliz simple, sino esos en los que usualmente un grupo de gente terminaba en verdad mal. Como en El músico prodigioso, que al tocar su instrumento lleva a otras personas a una muerte muy cruel. O Juan-mi-erizo, con un cruel final para la primera princesa por la actitud de su padre. También en La cenicienta, donde las dos hermanastras son obligadas a cortarse parte del pie para pretender engañar al príncipe.

»Pero en todas ellas siempre hay un buen final. Tienen su, en pocas palabras, y vivieron felices para siempre, así que me ilusioné en encontrar el amor.

—¿Y por eso estás aquí, viajando en busca del amor? ¡Qué romántica! Pero no creo que vayas a encontrar a tu verdadero amor simplemente recorriendo el mundo y teniendo un ataque de nervios.

Pongo los ojos en blanco y suspiro ruidosamente.

—¿Quién dice que no? ¿O es que acaso eres experto en el amor? —bufo lo más alto que es posible, —además yo no estoy aquí para encontrar a mi pareja perfecta, sino por otra cosa.

—¿La pareja imperfecta entonces?

—No, señor cascarrabias, estoy aquí para volver a casa.

Esas palabras lo aturden un poco. Nos quedamos callados por un par de minutos, el capitán del avión da las últimas instrucciones y las azafatas indican algunas cosas más a la gente que les recurre. Agito mis dedos, los nervios están volviendo.

—¿Ya te rompieron el corazón y vuelves a casa tan pronto?

Dejo de mirar a la parte posterior del avión justo cuando un niño pequeño lanza un oso de peluche a la azafata, y vuelvo a enfocarme en mi compañero.

—Primero, ¿crees en verdad que la gente pueda romper el corazón de otra? Y segundo, no... bueno, no lo sé.

Esta vez se ríe con ganas, tantas que varios pasajeros se vuelven para observar y tratar de descubrir cuál es el gran chiste.

Érase una vez un cupido¡Lee esta historia GRATIS!