—Vaya, entonces eso de que los azules son fríos...

—Bueno, no todos. Mamá es friolenta.

Ella asintió y me sonrió de forma afectuosa. Aunque resultaba una mujer intimidante en la primera impresión, al conocerla, te dabas cuenta de que te podías sentir muy cómodo a su alrededor. Tenía un aura de confianza. Como una mamá gallina.

—Ve –dijo—. Está viendo la tele ahora. Dejaré tu ropa secándose acá.

Le di las gracias y caminé hasta la habitación de Félix por el pasillo, un poco nervioso. Aún me sentía fuera de lugar y pensaba que aquello, en realidad, era una pésima idea. La peor de todas las pésimas ideas que se me habían ocurrido ese año.

Respiré hondo, golpeando la puerta con medrosa suavidad.

—¿Qué?

—Soy yo –dije, con la boca un poco seca. Félix me miró sorprendido desde su cama, pero no parecía molesto. Eso trajo algo de alivio a mi huracán interno. Lo vi enderezarse y dejar a un lado su celular. La televisión estaba prendida, pero con el volumen muy bajo. Era un ambiente acogedor y me sorprendí por tercera vez de que estuviera todo tan ordenado. Un contraste brutal con la anarquía de mi cuarto.

Lo último que te esperabas de alguien impulsivo y grosero como Félix Solís era que fuera una persona ordenada. Cada cosa parecía obedecer a una simetría intencional. Incluso las zapatillas estaban alineadas en perfecto orden.

Sin poder aguantarme más, decidí quitarme la duda de encima:

—¿Tu hermana es la que mantiene todo así?

Él enarcó sus cejas.

—¿Así?

—Así... así de ordenado y perfecto –Hice un aspaviento con los brazos. Pareció hacerle gracia—. Todo se ve tan...

—Irene jamás me limpia nada. Fue la primera lección que aprendí: "yo no soy tu puta criada, pendejo" –Parafraseó a su hermana con una sonrisa divertida—. Tenía once años y yo era un flojo. Tuve que aprender a ser limpio o me comían los ácaros.

—Yo soy muy desordenado.

—¿En serio? –Me miró sorprendido.

Me senté en la silla cerca de su cama. La piel amarilla de Félix aún parecía desvaída y su cabello estaba lacio, sin las ondas de siempre. Podía ver cómo se marcaban sus clavículas bajo la camiseta blanca que estaba usando. Tragué un poco de saliva. Sin embargo, sus ojos centellaban con energía.

—Y... ¿cómo te sientes? –pregunté.

—A veces aún me duele la cabeza, pero no tanto como antes. Aunque Irene sigue pensando que duermo mucho.

—¿Comiste?

—Sí, mamá. Comí.

Azorado, hice una mueca y traté de mirarlo con desdén, pero el efecto fue lamentable. Él se apoyó cómodamente en sus almohadas, sonriendo de ese modo tan suyo. Pero el comentario burlesco que esperaba nunca llegó:

—¿Sigues leyendo el libro que te di?

La pregunta me pilló de sorpresa. Pero fue agradable. Saqué el libro de mi mochila con entusiasmo.

—¡Sí! Es... ¡la historia es increíble! Me lo habría leído en una noche, pero no quería terminarlo. No sé cómo no lo encontré... —Lo miré curioso—. ¿De dónde lo sacaste?

—Ese es un secreto.

Eché una ojeada a la repisa que estaba encima de la cabecera de su cama, donde había una hilera de libros que se veían nuevos, pero polvorientos. Félix carraspeó, pareciendo un poco avergonzado. Luego frunció un poco el entrecejo.

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