20- Lucas

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LUCAS


Comenzó a caer una fuerte nevazón cuando me detuve ante el edificio de departamentos donde Félix vivía junto a su hermana. El frío se escurría entre mis huesos, quemándome la piel expuesta de la cara. Las calles parecían emborronarse como pinturas de óleo a medio secar bajo la ventisca; los edificios perfilados de forma fantasmal, neblinosos como montañas rectangulares.

Pero yo era ese tipo de persona que tenía una relación saludable con las temperaturas bajas. Siempre se quejaban de que mis manos estaban heladas, una característica que me acompañaba desde que podía recordar. Me gustaban las bufandas, los gorros y el olor de los pinos cubiertos de nieve. Tal vez porque era la excusa perfecta para no salir.

Solo había visitado la capital en una ocasión. Allí, el clima era cálido y el calor podía dejarte aturdido. No lo soporté. Yo era un animal de climas fríos.

"Un torpe pingüino", diría cierto amarillo.

Me quedé indeciso ante el citófono empotrado en el muro. Había pasado una semana desde que Félix cayó enfermo y aún seguía en cama, bajo tratamiento. Brenda y yo le hicimos una segunda visita y no entraba en mis planes visitarlo de nuevo. Menos un sábado.

Y mucho menos yo solo.

Pero al pasar por la Cueva de Platón esa mañana junto a Leo, mientras lo acompañaba a comprarse pantalones, un cosquilleo acuciante se apoderó de mí y ya no me pude quitar la imagen posterior de la cabeza.

La ausencia de Félix era como un latido intermitente. Un vacío demasiado incómodo para pasarlo por alto.

Así que allí estaba yo, parado como un imbécil ante el edificio y sintiendo que me arrepentía a cada segundo de duda. Barajé seriamente la opción de dar media vuelta y volver a casa. La nevada no era un gran problema para mí. Pero algo me impulsó a apretar el botón del departamento 404 y esperar, conteniendo el aliento.

—¿Diga? –preguntó la voz de Irene Solís.

—So-soy yo. Lucas.

—Ahora te abro, espera... El ascensor está malo, así que vas a tener que subir por la escalera.

El cerrojo electrónico de la puerta se desbloqueó y entré con la sensación de que estaba haciendo algo ilegal. Algo prohibido. En mi mundo, esas cosas no sucedían. Pero yo no había sido el mismo durante el último tiempo.

Era increíble cómo el escenario de la vida de una persona –ese escenario monótono y familiar en el que algunos nos movemos con cautela—, podía cambiar tanto de un momento a otro. A veces, yo me sentía el personaje involuntario de una obra de teatro.

—Entra, entra... —Irene abrió la puerta usando pantuflas de gatitos y me saludó con un beso mientras me ayudaba a quitarme la chaqueta impermeable. Había en sus gestos una naturalidad fraternal que me hizo sonreír—. ¿Tienes frío? ¡Mierda, chico, pero si estás heladísimo! Pareces un bloque de hielo. Acércate a la estufa.

Solté una carcajada y ella me preguntó, curiosa, qué me hacía tanta gracia. Irene parecía ser ese tipo de persona con un carácter dominante que no admitía un silencio o una respuesta vaga por respuesta, así que le dije la verdad:

—Es que... es que tu hermano me dice lo mismo. Y no tengo frío, en realidad soy así. Siempre estoy frío.

Se cruzó de brazos, apoyada contra la pared y mirándome con interés. Era curioso lo mucho que ella y Félix se parecían.

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