once;

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La chica se sentó en la acera frente al supermercado. Quería aprovechar mientras Shinsou compraba para llamar a Kaminari y aclarar sus ideas; y el chico no le puso ningún impedimento para que se quedara fuera, más bien todo lo contrario: sabía que, si hablaba con él, le contestaría antes sobre lo de vivir juntos, así que le venía de perlas.

Jirou sufrió al tener que quitarse un guante para poder usar el táctil del teléfono. Aunque tenía de esos guantes con los que podías usar el teléfono, le resultaban incómodos y no solían funcionar el noventa de las veces, así que prefería sufrir para ser más efectiva.

Kaminari contestó al tercer tono. Ella podía escuchar perfectamente por el otro lado del teléfono como su respiración estaba acelerada e intentaba recuperar el ritmo normal con la boca.

— ¡Me has asustado! —Gritó él, haciendo que ella frunciera el ceño.

— ¿Qué? ¿Por qué?

— ¡Estaba durmiendo!

— ¿Qué haces durmiendo a estas horas? —Soltó una suave carcajada, haciendo que el otro soltara un quejido.

—Me había quedado dormido haciendo un trabajo —masculló. Jirou pudo escuchar un golpe sobre una madera y como apretaba un interruptor a los pocos segundos—. ¡Lo sabía!

— ¿Qué pasa ahora?

— ¡Me he quedado dormido sobre el dibujo de carboncillo y tengo mitad de la cara negra!

La teñida no pudo evitar explotar de la risa mientras el sonido del agua se apoderaba de la llamada. Suponía que el chico habría abierto el grifo de la ducha o de la pila para lavarse la cara.

— ¿Pero el dibujo está bien? —Se mordió el labio, intentando controlar la risa.

Le hubiera gustado imaginarse la situación, pero realmente no sabía cómo. ¿Cómo sería el chico con el que hablaba casi todos los días? Era verdad que esa pregunta no solía rondarle la cabeza, pero de vez en cuando aparecía para recordarle que sólo sabía su nombre y de donde es, nada más. ¿Sería alto o bajo? ¿De qué color serían sus ojos? ¿Y su pelo? Quería saberlo, claro está, pero aún no era el momento. Le iba a ver en nada y sus dudas pasajeras serían resueltas. Por ahora no quería saber nada por no hacerse ideas equivocadas.

—No lo sé, Jirou. No lo sé. —El ruido del agua cesó y ahora sólo se escuchaban los pasos de él, dirección hacia donde aquel dibujo estuviera—. Creo que lo puedo arreglar.

— ¿Crees?

—Sí. Sólo se ha difuminado un poco. Con tal de borrar un par de manchas, estará perfecto. Confía en mí, soy un artista con miles de trucos.

—Bueno, sí, aún no he visto tus dibujos —murmuró hundiendo la barbilla en la bufanda.

— ¿No te he pasado ninguno?

—No, sólo el logo.

—Puedo pasarte este. Es más, lo voy a hacer. —Lo último lo escuchó cada vez más lejano, suponiendo que estaría haciendo foto a aquel dibujo.

— ¿No está borroso porque te has dormido sobre él?

—Pero se ve bien. Ya puedes mirar el chat.

— ¿Estás con el altavoz?

—Sí, lo estoy.

Le escuchó hasta con el teléfono separado del oído debido al graznido que había dado. Se metió al chat y vio la imagen que le había mandado: sobre una mesa de madera y entre el caos de carboncillos, difuminos y papeles manchados de negro; había un gran trozo de papel donde se veía claramente el rostro de una mujer de cabellos largos y ojos grandes. Tenía varias pecas en las mejillas y los labios estaban entre abiertos, sin mostrar una mueca de felicidad ni de tristeza. Era un dibujo bonito, el chico tenía talento, sí.

Conectados; KamijirouDonde viven las historias. Descúbrelo ahora