Capítulo 27.2- Juego de matices

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El vapor nublaba los sentidos de los lacayos en busca de su objetivo. Un vapor contundente, denso y perfumado hacía de cortina entre ellos y Virgin, la cual, no se había movido de la tina. Seguía con la cabeza medio hundida y con los ojos puestos en esos intrusos, intrusos que entraban eufóricos; con ese furor típico de los mercenarios, esperando siempre lo peor y preparados para devolver cualquier ataque. Sin embargo, esos hombres, que habían esperado encontrarse con una mujer huyendo o armada de alguna forma, quedaron totalmente atónitos al verla. 

Ninguno de los ocho, fieles a sus respectivos señores, osó dar un paso hacia esa fémina cubierta por la simple opacidad del agua. Las órdenes eran claras, tanto para unos como para otros: capturar a Virgin Monroe. Se habían imaginado otra situación, otro tipo de conflicto. Ninguno de ellos estaba preparado para ese tipo de enfrentamiento: el enfrentamiento moral. ¿Cómo arrestar a una mujer desnuda?¿ A una mujer inmóvil? ¿ Desarmada?¿Debían pedirle que se vistiera?¿Debían girarse para respetar su desnudez? No eran simples guardias, eran representantes de las casas más prestigiosas del país y no podían- ni querían- actuar como seres sin ética ni moral. 

Virgin miró a su hijo, dormido a un lado de la habitación, lo miró de reojo mientras esos desconocidos parecían estar meditando. No lo amaba, sabía que existía el amor maternal, lo había visto y vivido con su madre mas no sentía nada hacía él. Sólo era un peón más en su estrategia, y como tal, no podía permitir que nada le sucediera, si fuera de esa forma perdería todo lo que había hecho. Johan Peyton, un bastardo reconocido por el hijo del padre. Sí, un poco confuso, complicado tal vez; solo una forma más de perjudicar al verdadero villano de toda esa historia. 

Tras unas miradas significativas entre los de Somerset y los de Norfolk, uno de ellos se atrevió a hablar.

—Señora Monroe, vístase, debe acompañarnos— exigió, haciendo ademán de darse la vuelta pero no pudo hacerlo. Antes de poder  hacer gala de su caballerosidad, Virgin se alzó. Dejando, sin ningún tipo de pudor, toda su voluptuosidad a la vista y contemplación de todos. El agua le resbalaba por el cuerpo, y para ninguno de los presentes- por muy caballerosos que quisieran ser- fue indiferente la belleza de esa mujer. Incluso algunos se lamentaron por su triste final. A pesar de que no tenían órdenes de matarla, por el momento, no era díficil saber cómo terminaría.

Alta, hermosa por donde se mirara, bien definida y ataviada de colores atrayentes. Por no mencionar sus ojos y su pelo, estrambóticos y condenadamente sensuales. Abatidos, así quedaron todos, abatidos. Si hubiera venido un enemigo a traición, los hubiera matado sin complicaciones. Porque Virgin no era solo un cuerpo, su halo de rareza y su extraña forma de mirarlo todo, la hacían extrañamente encantadora. 

Como si no tuviera a nadie observándola, salió del agua como lo hubiera hecho en una situación normal. Incluso anduvo hasta la cama para poder coger un paño con el que secarse. En su proceder, no había vergüenza ni nerviosismo así como la vulgaridad o la altivez inmerecida ,tampoco estaban presentes. 

—Se.señora Monroe— tartamudeó otro—apresúrese por favor— trató de parecer autoritario sin éxito. 

Ninguno supo qué fue más excitante, si verla salir  del agua como Dios la trajo al mundo o ver como se vestía, porque había que ser realista, por muchos disimulos e intentos de fingir que no miraban, lo hicieron.

—Estoy lista— habló por primera vez provocando más de un pensamiento desorbitado y un pequeño combate, muy disimulado, por quién de ellos la ataba y la guiaba hasta el carruaje—¿Y mi hijo?

—No se preocupe, no tenemos órdenes de hacerle daño.

"Estúpida bondad humana"


—Entregádmela— imperó Thomas Peyton a la salida del edificio sorprendiendo a los sirvientes por su presencia.

—Señor, tenemos órdenes de entregársela a su padre.

— Nosotros debemos llevarla a Somerset con los Seymour.

—El único señor presente soy yo, así que me obedeceréis, entregádmela de inmediato. 

 —Sí, Señor— se apresuraron a obedecer al futuro Conde de Norfolk, entregando a una Virgin completamente ausente e indiferente, que no ofrecía ningún tipo de resistencia. 

—¿Qué hacemos con el niño Señor?—preguntó un muchacho flaco que cargaba con una criatura que no cesaba en su llanto. 

—Podéis tirarlo en cualquier cuneta— hizo un gesto despreciativo con la mano sin ni si quiera mirar a su medio hermano, haciendo que Virgin reaccionara a punto de protestar; no obstante, la presencia de otra mujer la hizo callar.

—¿Cómo puedes ser tan ruin?— invadió los tímpanos presentes la soprano. Georgiana descendió del carruaje dejando que la oscuridad fuera invadida por miles de colores, ofendida por las palabras de su esposo.

—Déjalo morir— hizo brillar sus ojos grises Thomas Peyton, haciendo gala de su malicia, malicia que nada tenía que hacer contra la luz que emanaba Georgiana, la cual ya había cogido al pequeño Johan en sus brazos y lo cargaba hacia dentro del vehículo, acto que no pasó desapercibido para Virgin, que veía como sus planes seguían su curso. 

—Si no te hubieras divorciado de mi, no tendrías por qué soportar estos estúpidos actos de bondad— clavó su mirada dispar sobre el que un día fue su esposo.

—No te atrevas a hablar de mi esposa, el demonio jamás se enamorará de otro demonio. 

—¿Ella es un ángel?— fingió mofarse, aunque en realidad no le importaba nada el amor que pudiera profesar Thomas por esa mujer. 

—No, no es un ángel. Es Georgiana, que eso es mejor que ser un ángel. Para ti, Señora Peyton. Ahora, anda, tus minutos están contados— la arrastró de mala gana hasta tirarla dentro de otro carruaje en que el lacayo de Thomas estaba esperándola.




Manto del firmamento ( IV Saga de los Devonshire)©¡Lee esta historia GRATIS!