19- Félix

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FÉLIX




—No tengo hambre.

—Pero no has comido casi nada.

—No quiero.

—Félix, por favor...

Con un suspiro cansado, me di vuelta sobre la cama y cerré los ojos, rechazando el caldo que mi hermana me llevó. La oí chasquear la lengua, dejar el bol caliente sobre el velador y pasearse por la habitación para cerrar las cortinas. Se lo agradecí en un murmullo agrietado.

—¿Necesitas algo más?

Sonreí un poco, intentando parecer burlón. Pero estaba tan somnoliento y enfebrecido que solo conseguí un pobre esbozo de socarronería. Aún sentía la cabeza pesada, me dolía la nuca y me costaba incluso levantarme para ir a mear. Odiaba la inutilidad absoluta de mi estado actual. Y sobre todo, a la enfermera que iba cada día a ponerme la inyección. La doctora me había dicho que tendría que permanecer al menos diez días en cama siguiendo un estricto tratamiento.

Al menos no tenía que levantarme temprano para ir a la escuela. Punto para la meningitis. Sin embargo, había tenido que pedirle a mi hermana que llamara al Grillo para ponerlo al tanto de la situación y aún se me apretaba el estómago al pensar en la posibilidad de que este decidiera reemplazarme.

—Dejaré tu mp3 aquí cerca, por si quieres escuchar música –Irene se sentó en el borde de la cama, colocando una mano sobre mi frente cálida—. Creo que te ha bajado. Pero no quiero que te levantes. Si me necesitas, me llamas.

—¿Y tu trabajo? –susurré.

Habían pasado cinco días desde que me había enfermado: dos los pasé en el hospital y fue la peor experiencia del mundo. Me constaba que Irene había pedido permiso a su jefe para cuidar de mí, pero era consciente de que no podía alargarlo mucho.

Nuevamente, se sentí que era una carga para ella. Tensé los nudillos, notando la cabeza más punzante y febril que antes. Cerré los ojos con desaliento.

—Volveré el lunes –dijo Irene.

—Okay.

Despegué los párpados y vi cómo ella componía una expresión de hondo pesar. Pero la lucha de conflictos estaba ahí, nadando en el fondo de sus ojos. Los de Irene, a diferencia de los míos, habían heredado el sereno tono miel de papá. Pero en esos momentos se veía todo menos serena. Rara vez estaba serena, en realidad.

Mi enfermedad inoportuna solo añadía más peso a su saco de estrés habitual. Tragué saliva con culpabilidad y rabia por no poder valerme por mí mismo. En esos momentos deseé desaparecer un rato y gemí al descubrir que estaba comportándose como el emo torpe de Morel.

Pensé que podía permitirme revolcarme en mi miseria por ahora. Pero al pensar en el azul, me noté más caliente y asfixiado. Diablos. ¡Menuda vergüenza! Por lo que me había contado mi hermana, Morel incluso nos había acompañado al hospital para asegurarse de que no me moría. Dada su personalidad nerviosa, pude vislumbrar perfectamente las expresiones que puso.

La imagen que recreó mi mente podría haberme hecho reír en otras circunstancias, pero saber que él me había visto así, en una condición tan patética, no hacía sino enfurecerme.

—Estaré mejor para el lunes –conseguí decir al fin—. No estés tan preocupada, tonta. No me voy a morir. No me mires como si tuviera cáncer o me hubieran intentado matar.

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