Capítulo 9

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Blake había caído dormida casi al instante en el que Calder se marchó. No comió ni bebió nada, simplemente se desmayó en la cama donde la pobre Mariana luchó por meterla. Lastimosamente para ella, no sintió alivio alguno al estar dormida, puesto que, de las dos formas, su pasado la atacaba de las formas más siniestras.

Era normal que tuviera pesadillas, pero desde que Calder dormía con ella, de alguna forma se sentía protegida. Y de eso se trataban las pesadillas. Persecuciones, ella corriendo en soledad, nadie protegiéndola, alguien queriendo raptarla, la sensación de no tener oportunidad, de pensar que iba a morir o algo peor que la muerte.

Despertó con un pequeño grito contendido, estaba bañada en sudor. Su larga cabellera negra estaba pegada a su cabeza y su pecho subía y bajaba con irregularidad. Miró desubicada hacia todas partes. No reconocía el lugar, últimamente eso le pasaba. No recordaba nada, no veía a Calder por ninguna parte... ¿Había sido acaso un sueño todo? ¿No se había escapado de su casa? ¿No se había casado con Calder Hillenburg?

Se puso en pie de un brinco y corrió las cortinas que tapaban la ventana. La calle estaba oscura y solitaria, no había ruidos y solo el sonido del mar. Suspiró, su consciencia poco a poco iba tomando lugar y recordando cosas, como el hecho innegable de que estaba casada con Calder. Lo importante era, ¿Dónde estaba en ese momento?

De pronto, escuchó voces y golpes en la lejanía de la calle. Por más que Blake intentó pegarse al cristal no logró ver nada. Algunos gritos y chiflidos, ordenes lanzadas de algún lado, pero lo que en verdad la alteró, fueron los disparos que cortaban el silencio de la noche con un sonido escalofriante. Eran terroríficos, pero lo fueron aún más cuando de pronto se escuchó un disparo seguido de un grito atronador. Se escucharon más disparos, gritos, y gente corriendo, después, una calma pasmosa.

El corazón le latía con prisa, los oídos de Blake tenían un sonido sordo que la mareaba, tenía nauseas —quizá por el alcohol— y no parecía tener plena consciencia de lo que pasaba hasta que la puerta de la taberna donde se encontraba se abrió estruendosamente. Se escuchaban pasos y gritos por doquier, pero al igual que ella, nadie parecía salir a revisar lo que pasaba. Hasta que de pronto, se abrió la puerta de la recamara y ella misma se vio envuelta en el desastre. Se habían internado a la habitación una manada de personas sucias y aparentemente alteradas.

—¡Traigan vendas, agua tibia y una aguja! —gritó alguien, descolocando a Blake desde el momento en el que entraron.

—¡Donde está Richard! —gritó otra voz— ¡Traedlo ahora que se desangra!

—¡Qué pasa con las vendas! —gritó alguien más.

—¿Q-Qué pasa? —preguntó Blake en medio del susto.

—Señora —se acercó Loren—, han herido a alguien de los nuestros.

—¿Calder? ¿Dónde está Calder? —se asustó por un momento.

—Él está bien —aseguró Víctor quién dejaba al individuo en manos de alguien menos herido—, pero regresará después.

—¿Dónde está?

Los más allegados a su marido se miraron entre sí y juntaron la boca en una fina línea.

—Está arreglando algunos asuntos, estará bien, es él de quién hablamos —aseguró Loren.

Blake asintió, confiando en la palabra de esos dos.

—¿Qué pasa? ¿Quién es el herido?

—Se llama Luisa, señora, es una de las nuestras.

El último Bermont¡Lee esta historia GRATIS!