Capítulo 1 -Carne de roca-

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Los caballos galopan acercándonos a Darethot, la ciudad fortificada más cercana. Espero que el Condomator no haya retirado de allí a la gran guarnición del ejército del Este. Y también espero que su hermano, Varel, siga estando al mando de esos hombres.

—Vagalat —dice Adalt en voz alta—, ¿sientes eso? —pregunta, a la vez que hace que el caballo trote a más velocidad.

«Sí, ahora sí lo siento —contesto para mí mismo—. El uso de la telepatía me ha adormecido las facultades... Por suerte te tengo a ti, amigo».

Manifiesto a Laht y le ordeno que se adelante a explorar. Azuzo al corcel y me pongo a la par de Adalt.

—No son víctimas de los silentes —le digo alzando la voz.

—No lo parecen, no capto rastro de ellos. —Me mira—. Espero que valga la pena el retraso. —Sonrío—. A mí no me hace gracia tener que parar a matar a simples asesinos teniendo en el bosque a un silente tan antiguo.

—No habrá retraso, sigue hasta Darethot y habla con Varel.

Me observa unos segundos sin mover un músculo de la cara malhumorada.

—Si Varel sigue al mando y decide enviar tropas para cazar a los silentes tomaremos el camino de Ardión.

Asiento con la cabeza y, aunque no lo escucho, sé que gruñe.

Nos separamos, Adalt sigue hacia Darethot y yo me desvío. Necesito asegurarme de que la masacre que detecto no ha sido cometida por ningún ser oscuro.

Cuando llego, desmonto, miro al cielo y veo a Laht volando en círculos, percibiendo algo que lo turba. Después de escucharlo graznar un par de veces, empiezo a caminar y examino los cuerpos.

Hacía tiempo que no veía tanto ensañamiento. Me fijo en una de las armas, observo cómo atraviesa el pecho de una mujer y cómo se incrusta en el tronco de un árbol. Bajo la mirada y me quedo un par de segundos contemplando cómo las puntas de los pies de la víctima caen buscando el suelo.

Recorro con la vista los otros cadáveres. Todos están colgando a la misma altura, todos tienen esas extrañas armas atravesándoles el tórax. Indignado, cierro lo ojos y niego con la cabeza. Me repugna ser testigo del asesinato de estas mujeres y de estos niños. Aunque aún me repugna más pensar que los asesinos seguro que disfrutaron con las ejecuciones.

A una decena de metros, volcado, está el carro donde viajaban. Mientras me aproximo me tengo que tapar la nariz con el antebrazo, la madera apesta. Tendría que haber podido percibir este hedor desde mucha distancia, pero hasta que no he estado casi al lado no he sido capaz de olerlo. Es repugnante, es más fuerte e intenso que el azufre.

«¿Demonios? No creo, hace mucho que no pisan estas tierras. ¿Qué ha podido ser entonces? —me pregunto, observando la carnicería que han cometido con los animales de carga—. ¿Por qué los han degollado y por qué les han amputado las patas?».

Después de un par de décadas vuelven a aparecer los silentes y, aunque parece que no han tenido nada que ver con esto, de alguna forma deben de estar conectados con la masacre. No puede ser una coincidencia.

Me agacho y cojo un pedazo de un recipiente de barro, un fragmento de la carga que transportaban. Lo miro y me sumerjo en mis pensamientos:

«Si no fuera por el hedor y porque ni Laht ni yo podemos asegurar que estas ejecuciones han sido perpetradas por hombres no empezaría a creer las palabras del anciano. Ese viejo excéntrico y bonachón parece que ha recuperado las facultades adormecidas».

Un ruido me alerta, oigo a alguien correr por el bosque y escucho su risa.

—¡Laht, ven aquí! —grito y el cuervo sagrado obedece.

El Mundo en Silencio [La Saga del Silencio parte I]¡Lee esta historia GRATIS!