18- Lucas

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LUCAS



No sé cómo, pero me las arreglé para no entrar en pánico mientras esperaba en el pasillo del hospital junto a la hermana de Solís el veredicto de los médicos. Las últimas horas habían sido una vorágine de nervios, ansiedad y miedos irracionales que siempre acaban con resultados trágicos.

Maldita imaginación.

En algún momento, mientras permanecía apoyándolo, Solís se había desmayado contra mí. Temblaba, respiraba con dificultad y no respondía a lo que yo le decía. Entonces me vi rodeado de transeúntes y algunos estudiantes del colegio, que no dejaban de hacerme preguntas. Fue el punto más álgido de la situación y yo sentí que también perdía el aire, desesperado.

—No sé... no sé... ¡él no estaba tan mal!

Por fortuna, la hermana apareció pronto. El miedo desencajaba su rostro, pero reaccionó con eficacia; al mismo taxista que la había traído, le pidió que los llevara al hospital más cercano. Sorprendentemente, se dirigió a mí y me preguntó si quería ir también. 

Algo en su voz ronca, tal vez una ligera oscilación de vulnerabilidad, removió mis aprensiones. Así que asentí, sin dejar de mirar a Solís, que parecía peor con cada minuto que pasaba.

Dejé escapar un lento suspiro mientras veía pasar a los enfermeros y doctoras. Un médico conversaba con una familia al otro lado del pasillo. Algunos lloraban, hundiendo el rostro entre sus manos. Me estremecí, moviendo la rodilla de forma mecánica.

Meningitis.

Solís sufría un cuadro de meningitis bacteriana.

Habría preferido estar en la confortabilidad de mi cuarto, pero el aspecto de Solís había sido preocupante; volvió a vomitar mientras lo metían en una camilla y luego ya no se movió. Solo cuando vi como le ponían algún tipo de máquina de oxígeno en la cara, comprendí que la situación era grave y que, si me iba, estaría con los nervios revueltos todo el día.

Irene Solís puso una mano sobre mi hombro. Me tensé un poco y la miré.

—Perdóname por hacer que vinieras –dijo. Parecía culpable y devastada—. Si quieres, me das tu número y te aviso.

—No. Yo... quiero estar un rato más, si usted me deja.

Sonrió con cansancio.

—Eres realmente amable. ¿Me dijiste que te llamabas...?

—Lucas.

—Creo que mi hermano te ha mencionado.

—¿En serio? –murmuré.

Me pregunté qué cosas habría dicho de mí en su casa. Recordé entonces que Solís me había dicho que no tenía padres. Ella debía ser toda su familia. Aquel pensamiento, por alguna razón, me hizo sentir culpable.

—¿Son amigos? –preguntó.

—Yo... no sé.

—Lo siento. Es que Félix es algo complicado de tratar. Te pido perdón si ha sido molestoso contigo.

La tensión en mis hombros se aligeró un poco.

—Fuimos al festival de música hace una semana. A veces nos tratamos como amigos. Pero no creo que seamos exactamente amigos. O sea, nos sentamos juntos en clases, aunque no...

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