Camino de Táber

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Era una mañana espléndida del mes de Augusto, cuando atravesé por vez primera la puerta praetoria de Barcino. La urbe aparecía engalanada con guirnaldas de laurel con clemátides, caléndula y retama, y los primeros racimos de uva aún verde, colgaban de paredes, puertas y ventanas, y por doquier se apreciaban piras dispuestas para arder por la noche, muchas mujeres acarreaban canastas llenas de peces, carros con víveres o toneles de vino tirados por bueyes o caballos, se cruzaban en un ir y venir constante, y la algarabía en las calles era considerable, todos los preparativos estaban listos a la espera de iniciar los festejos de Vulcanalia. Y yo, Flavia Tercia, llegaba por vez primera a la ciudad bañada por el mar en el medio de las tierras, para ser entregada a la casa de mi esposo, Lucio Servilio Máximo.

En este mismo mes, cuando las calendas, había tenido lugar mi catorceavo aniversario, y para las nonas ya había sido desposada por Servilio Máximo, veinte años mayor, legionario licenciado, decurión de la equites, hoy terrateniente de vastas extensiones de viñedos. El desposorio se celebró en la casa de mi padre, en Ilerda, mi amada tierra que nunca volvería a ver. Mi esposo marchó tras ser unidas nuestras manos, ni siquiera nos dirigimos la palabra, pudorosa yo. Mi padre y él acordaron entregarme para Vulcanalia, pues precisaba Servilio Máximo ausentarse de inmediato por atender cierto asunto militar. Previsto el regreso para esa fecha, así se decidió. Llegada la hora de partir, me abracé a mi apenada madre, llorosa y entre temblores. En un breve instante de intimidad pude preguntarle por la noche de nupcias. Como ya estás en edad de soportar varón, sobrellevarás el dolor, amada hija mía. Me explicó, dejando mayor zozobra en mis entrañas. La partida tuvo lugar en la vigilia y la despedida fue muy triste. Mas cuando dejé atrás la Iuneda, por donde tantas veces había correteado y persiguiendo toda clase de aves, en tiempos todavía no muy lejanos, rompí en desconsolado llanto. Aquella vereda famosa por sus manzanos y perales, separaba con sus márgenes, extensos campos de trigo y cebada cuyo final no alcanzaba a ver el ojo humano, pero además debía su fama a otra razón. Al principio de los tiempos cuando los dioses paseaban por la tierra a sus anchas, la divina Juno gustó de pasar una temporada en estos parajes, la brisa con olor a dulce fruta y la fragante cebada perfumaban su piel y cabellos al acariciarlos y le agradó en extremo, decidió por ello, permanecer en esta tierra como un habitante más, un día abrió la senda con sus propias manos, y cuando los habitante del lugar le preguntaron por la razón de tal acto, ella les explicó que trazaba el camino para las legiones romanas, pues Roma debía asentarse aquí para beneficio y engrandecimiento de su estirpe. Como así fue. Por eso la Iuneda es un lugar semi sagrado donde ningún mal acecha a los cultivos ni a sus habitantes. Estas historias nos explicaba mi padre a mis hermanas y a mí, y ahora viendo mis lágrimas intentaba causarme consuelo con vaticinios de grandeza y noble futuro. Amada Flavia Tercia, tu matrimonio es ventajoso, tal vez ahora no lo comprendes, pero en Barcino te espera un futuro pleno de dicha y bienestar. Te hemos elegido un buen hombre con mucha riqueza, como esposo. No debes llorar hija mía. Solo debes sonreír. Sonríe siempre. Así es cómo serás feliz. Obedecí a mi padre. Él sí era un hombre bueno. Mis tres hermanos pequeños nos acompañaban en nuestra comitiva nupcial, y se encargaron de distraerme el resto del viaje con sus juegos.

El repiquetear de los cascos de los caballos sobre el suelo, y los crujidos de las ruedas al tomar los recodos del camino, se convirtieron en una monotonía adormecedora, pero cuando menos lo esperaba distinguimos un acueducto, y al seguirlo con la vista apreciamos una muralla rodeando un monte.

Ese es el Monte Táber, amada Flavia, explicó mi padre, hemos llegado a la tierra de tu esposo.

Los ciudadanos de Barcino nos miraban curiosos al pasar. Algunos nos dedicaban alegres gestos de felicitación pues era un buen augurio cruzarse con una novia por completo engalanada como tal. Veía a mi padre sonreír con el pecho inflado por el orgullo. Yo, sin embargo, sentía cada vez con mayor fuerza las sombras del temor extenderse dentro de mí, y apoderarse de mi corazón. Mi padre y mis hermanos abandonarían Barcino al alba y yo no les volvería a ver.

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