Génesis Cafeinada

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En el principio Carlos Santino hizo lo bueno y lo malo. Y este fue el día primero.

Carlos Santino se levantó con algo de resaca y pesades. La quinta porción de ramen de un dólar con cincuenta no le era muy agradecida  y la tristeza ya no le embargaba. Entre camisas sucias y ropa deportiva que hacia mucho tiempo no veía el jabón, reposaba el uniforme que debía llevar esa mañana a su nuevo trabajo.

Ponerse el uniforme ya de entrada le hizo dar un par de manotazos al aire, y lanzar unos cuantos ave-marias que no cruzaban del techo. Su orgullo parecía rejuntarse con su desidia y daban como resultado una excelente mezcla de me-importa-un-culismo que lo tenía como lo tenía. Viviendo en una habitación tan grande como una ratonera. Compartiendo baño con seis personas, entre ellas dos rumanas que no sabían lo levantar los pelos de la ducha, y un tailandés que parecía comer veneno y lo dejaba como recuerdo en cada defecaba.

Carlos no quería volver a Tunja, no importaba cuanto le pagaran. Prefería la ratonera y el trabajo nuevo que le imponía la postura de un disfraz de oficinista. Una camisa manga corta, un pantalón de 100% Lycra y una chaqueta azul rey de la misma tela. A eso se le sumaba una corbata roja, que Carlos no se puso porque el cuello de la camisa era muy pequeño y no lo cerraba el último botón. En su casa nadie se vestía con trajes ni arabescos. Eran campesinos y labriegos, una raza casi extinta que se niega a dejar que el progreso se llevo lo poco que le queda al artesano.

 Fue a la cocina y no encontró nada limpio (como de costumbre). Una de las rumanas había preparado café y el nuevo empleado llenó una taza que encontró entre los trastes. El líquido negro sabía a residuo de regar las plantas. Una porquería hecha en cafetera y destilada con odio. Se la tomó de un solo envión y levantó la cabeza al cielo esperando el golpe de cafeína. La rumana salía del baño y al notar su cafetera medio vacía empezó a gritar con la boca más sucia que un rumano pueda tener. Carlos no entendía una "jota" por lo que le importó más dejar la taza en el mismo lugar que la encontró .

"Recoja los pelos de la ducha más bien, cochina" dijo  y se ajustó la chaqueta.

Salió del apartamento y caminó hasta la parada del autobús que luego lo llevaría a la estación del subterráneo que luego lo llevaría a la ciudad en donde debería caminar por más de diez cuadras hasta encontrar el edificio de su nuevo martirio. En general los trabajos le duraban mas de un día y menos de dos meses. El portal de empleos para inmigrantes indocumentados y refugiados que era mantenido por la agencia de inmigración le había conseguido esta oportunidad. "Toda empresa de más de mil empleados deberá contratar a inmigrantes indocumentados y/o  a refugiados de guerra que se encuentre registrados de la base de datos del programa de reincorporación y nuevas oportunidades del gobierno de los Estados Unidos." decía la cartilla oficial que firmó Carlos Santino cuando se incorporó al programa. Carlos no era un refugiado.

El tunjeño entró al paraíso (como él le llama), con la idea de visitar los parques de diversiones de Orlando y conocer a una prima suya que había logrado el sueño americano. Sus últimos ahorros se los metió a una cuenta bancaria y con algo de pantomima le hizo creer al cónsul que iba a ir y volver. "Yo entro y salgo de una vez, vea aquí tiene mi pasaje de regreso" le dijo al oficial de inmigración que lo atendió en el aeropuerto internacional de la Florida. De eso ya fueron algo más de diez años, de los cuales lleva nueve y moneda en California.

Primero fue ayudante en una finca de uvas por allá cerca de Fresno, pero se metió con la hija del dueño y tuvo que salir corriendo con las balas rozandole las orejas. Luego fue a parar a Livermore en donde consiguió trabajo como vendedor de perfumes en un centro comercial. Una de las pocas cosas para la que el contacto visual y el calor del tacto humano aún hacían falta. Mientras estuvo allá conoció a Raquel, ella le habló sobre la base de datos de inmigrantes ilegales y refugiados. Tuvo que ir a San José con un documento que le identificara, dejó detalles su información de contacto. El gobierno le garantizaba que no iba a deportar a ninguna persona de la lista en tanto respondiera de inmediato a cualquier oportunidad de empleo que esta le ofreciera. Gracias a la Agencia fue mesero, limpiador de pollos, jardinero de un club, pintor de casas para indigentes, constructor y por último este trabajo al que describían como: "tester". 

El edificio al que entraba le traía recuerdos. El logotípo de la empresa le recordaba billete de un dólar. Un ojo enorme encerrado en un triangulo al cual le encerraba un circulo. Lo habían llamado desde la Agencia la noche anterior para decirle que esta su última oportunidad para mantener un empleo por más de dos meses, de manera que se arregló la camisa y se lustró los zapatos contra el pantalón, y se puso como pudo la corbata arrugada que sacó del bolsillo.

"Buenas tardes señor" dijo en su inglés con acento boyacense. "Vengo de la USANO para el empleo de tester".

"Documento" dijo el hombre que portaba un traje parecido al que tenía Carlos pero con mejor trato. Carlos le entregó su documento de identificación y la carta de certificación de su inscripción al USANO.

"Piso 12" dijo y le entregó una tarjeta de entrada.

El aliento a café desabrido y ramen de dólar con cincuenta perseguía a Carlos que buscaba el ascensor con poco éxito. Lo distraía el anuncio que cubría de piso a techo la entrada del edificio.

"La eternidad ya no es una cualidad divina" decía el anuncio con un grupo de personas que no era fácil distinguir si eran homos, bis, heteros o no-binarios. Todos estaban vestidos de blanco en un lugar tranquilo. Un oasis, un jardín, un Edén. Luego desapareció ese mensaje y entró otro difuminado: "¿Qué harías con tu vida si ya no tuvieras que preocuparte por el tiempo? ¿Cuanto pagarías por todo el tiempo del mundo?". A Carlos se le recogieron las tripas y el llamado del recepcionista le hizo saber que iba caminando en dirección equivocada.

Subió al piso 12, las puertas del ascensor se abrieron y le recibió un robot del tamaño de una caja de aguacates que lo saludó y le pidió que lo siguiera a su cubículo. Le indicó que debía sentarse y esperar a que la pantalla principal se encendiera. Luego el robot se retiró y Carlos quedó quieto en un espacio cerrado en donde entraba una silla cómoda y una pantalla que cubría todo el frente de la caja en donde trabajaba. No había nada más. Ni una mesa, ni una repisa, ni un porta papeles. Solo él, la silla y la pantalla.

"Bienvenido Carlos" dijo una voz robótica. "Lo estamos conectando con su agente de bienvenida", una música aleatoria y al mismo tiempo repetitiva se empezó a reproducir. Él nuevo empleado miro por fuera del cubículo y no vio mucho más que una hilera casi infinita de los mismos cuadrados.

"Hola, Carlos Santino" dijo una voz.

De inmediato corrió de regreso a su lugar. La corbata le quedó torcida y el saco se le enredó en la silla.

"Buenos días. Lo lamento. Estaba viendo por donde puedo ir al baño" dijo.

"Hola, mi nombre es Lia, soy la persona encargada de orientarte en tu primer día de trabajo. Por favor coloca tu mano derecha  en el recuadro azul sobre la pantalla".

Carlos puso su mano y los sensores capturaron sus huellas y signos vitales como el pulso y la temperatura corporal.

"Ahora tu mano izquierda"

Hizo lo que le indicaron y más sensores le reconocían como Carlos Santino, Indocumentado, Parte del Programa USANO y toda la lista de empleos a los que le había sacado el trasero. Carlos se sonrojo, algo inusual.

"Ahora por favor coloque su índice derecho bajo el laser".

Un haz de luz se proyectó desde la parte superior de la pantalla. Sacó su dedo indice y con precaución lo puso justo en el lugar en el que la luz ya no llegaba al suelo sino que trazaba un punto sobre su huella dactilar.

"Mire ahora hacia la pantalla y diga su nombre completo"

"Carlos Ignacio Santino Aguirre" dijo y sintió un punzón leve en su dedo. Una gota de sangre le brotaba de a poco por el agujero.

"Por favor coloque la gota de sangre en el recipiente que tiene a su costado derecho" dijo Lia. Allí estaba como un fantasma el mismo robot caja-de-aguacates con una lámina de acetato transparente sobre la que Carlos esparció el líquido vital.

"Ahora, tome el adhesivo que está junto al recipiente y coloquelo sobre su dedo"

"Disculpe" dijo Carlos

"¿Si?"

"¿Usted me puede decir para qué es la muestra de sangre?"

"Claro. Es parte del paquete de beneficios que tienen todos los empleados de la compañía. El estudio genético más completo del mercado."

El Duplicado OriginalDonde viven las historias. Descúbrelo ahora