—Hoy estás especialmente sarcástica –Mi tío tenía una expresión de zorro viejo. No parecía molesto, aunque los ojos le refulgían—. Eres igual que tu madre.  —No me quedó claro si eso último fue un elogio o no.

Irene se rió con dulzura. Me encogí por dentro.

—Solo es una observación, tío. ¿Quieres un té? ¿Algo para beber?

—Si tienes vino...

—Sabes que no permito el alcohol aquí dentro.

Él hizo un gesto cómplice en mi dirección.

—Mira cómo te educa. Deberías hacerle un monumento.

—Ella diría que gasto el dinero en cosas inútiles –respondí encogiendo los hombros. Miré de reojo su maletín y él captó mi gesto de inmediato, atento como un lince. Sonrió antes de extender el brazo para abrirlo e intenté no hacer una mueca cuando extendió un libro en mi dirección. Al menos este era delgado.

Lo sostuve sin decir nada y leí la portada: Un faro en el cielo, de Julianne Brown.

—Gracias –balbuceé.

—¿Te leíste el último que te regalé?

El último había sido El Quijote y acumulaba polvo en la repisa de mi habitación, donde yo colocaba todos los libros él me traía en cada una de sus visitas.

Lo hacía desde que descubrió que yo era un "niño problema" en el colegio y a la idiota de Irene se le escapó delante de él que no traía nunca amigos a la casa. Y como la cosa es de familia, mi tío asumió que yo debía ser un nerd solitario, del estilo de Lucas Morel. Desde entonces, durante cada visita, traía un libro para mí.

Se había convertido en un ritual.

En el fondo, no sé si lo hacía con sincera generosidad o para molestarme. Lo cierto es que me incomodaba tener una repisa llena de libros que nunca abriría. Al mirarlos, estos parecían gritarme cosas como "¡mediocre!" o "no eres lo suficientemente digno de nosotros". Había algo siniestro en ellos. Como si su presencia allí reafirmara mi ignorancia y futilidad.

—Sí, lo leí –mentí.

—¿Qué te pareció?

Era una pregunta con trampas y había dos opciones: que él lo hubiera leído y, por ende, que mis mentiras serían pilladas al instante si decidía irme por la vía de la deshonestidad. O que no lo hubiera leído jamás en su vida, pero le gustara hacerse el tío listo e interesante.

Aposté por la segunda opción.

—Me pareció muy... —Intenté recordar una de las palabras que ocupaba Morel—, existencial.

Irene enarcó las cejas, insoportablemente gestual, y el tío Antonio asintió con aprobación y una sonrisa de complacencia. Palmeó mi brazo aplicando una energía varonil, de un estilo empresarial. Ese tipo de palmadas que solo saben dar aquellos que están en la parte alta de la pirámide social.

—Entonces te va a gustar este. Luego me dices, ¿eh?

Me mordí la lengua. Obviamente, él no se leía ninguno de esos libros. Era un postureo absurdo, pero de mutuo acuerdo. Al final, ambos teníamos varias cosas en común, lo cual me preocupaba y apaciguaba a partes iguales.

Para mi alivio, Irene y mi tío volvieron a retomar su conversación de depredadores familiares. Como esos insectos que, en épocas de hambruna, no le tiemblan las antenas al momento de hacer canibalismo con los suyos. Una práctica común en la naturaleza. 

Suspiré, notando el cuello rígido por la tensión repentina que ambos provocaban en mi estado de ánimo. Incluso había empezado a dolerme la cabeza.

BICOLOR¡Lee esta historia GRATIS!