17- Félix

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FÉLIX


De tanto en tanto, recibíamos la visita de nuestro tío Antonio, el hermano de mi padre. Vivía en la capital con su tercera esposa y a veces realizaba largos viajes al sur del país por motivos de trabajo. Viajes que él aprovechaba para pasar a comer con nosotros y ponerse al día con sus "sobrinos favoritos".

Mi sospecha es que eso le hacía sentirse menos culpable por desaparecerse tras los primeros años del accidente fatal que nos dejó huérfanos. O eso afirmaba Irene. Ella le guardaba un resentimiento latente, pero maquillado bajo una cortesía irónica, con femenina compostura.

Mi hermana podía ser bastante rencorosa. 

Por mi parte, no tenía mucho que decir sobre el tío Antonio. No me caía mal, en realidad. Era abierto de mente y sabía contar sus anécdotas de tal forma que siempre resultaban más graciosas e interesantes de lo que realmente eran. Le jugaba en contra su narcisismo y arrogancia, una característica "típica de amarillos".

Prejuicio que muchos de los que nacen con mi color usan a modo de excusa en sus relaciones afectivas.

—¡Félix! Mierda, chico... ya no te reconozco -Mi tío me dio unas contundentes palmadas en la espalda-. Serás casi tan alto como yo.

—Probablemente más –dijo Irene con una sonrisa de serpiente cascabel. Carraspeé y traté de pensar en cómo escabullirme a mi cuarto, pero mi hermana me miraba de reojo, esgrimiendo una muda advertencia.

—¿Eso es una rata? —exclamó mi tío de pronto.

Alcé a Ziggy para mostrársela. 

—Está limpia.

—Diablos, Félix, suelta eso.

—Es mi mascota. ¿Por qué soltaría a mi mascota?

El tío Antonio hizo un gesto de consternación y luego se quitó la chaqueta, colgándola en el respaldo de una silla, donde se sentó y nos miró. A sus casi cincuenta años, era un hombre atractivo, exitoso en los negocios y con un currículum amoroso nefasto.

—Te ves algo ojerosa, Irene –dijo entonces—. ¿Has estado enferma?

—No que yo sepa.

—Una joven guapa como tú no debería ir por ahí con esas bolsas bajo los ojos.

Contuve una risa macabra, alimentando mis ganas de ver arder el mundo. La expresión de mi hermana era digna de una foto. Ella arrastró la otra silla y se sentó con movimientos determinados, como una abogada que va a enfrascarse en una tensa entrevista con un criminal. Mi tío no perdía la compostura, pero yo sabía que bajo su expresión petulante, estaba afilando el hacha.

Ambos potenciaban sus defectos. Pero en el fondo, dentro de esa zona pantanosa que Karen llama "el inconsciente", sé que lo disfrutaban.

—¿Bolsas, dices?

—Mi esposa tal vez podría darte unos consejos sobre cosmética. Sabe bastante de maquillaje.

—Me imagino que debe tener mucho tiempo libre –contratacó Irene—. Tu ex esposo también tenía harto tiempo libre, según recuerdo.

—Me gusta mimar a mis parejas. Y el exceso de trabajo envejece la piel. Sobre todo en el caso de algunas mujeres.

—Pues en el caso de algunos hombres, el exceso de trabajo hace que les salgan cuernos.

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