—No puedes dejarme fuera, nadie te ayudará, sé que ninguna de esas mujeres se arriesgará a tener problemas con nadie. Lo sabes bien.

—No haré que mi mujer quede en medio de una pelea de hombres.

—Sé defenderme, dame algo con lo que pueda disparar y lo haré bien.

—¿Sabes disparar?

—Soy hija de Katherine Collingwood, por supuesto que sé.

—Aun así, la respuesta sigue siendo no.

—Calder —se levantó de golpe de la cama para seguirlo, provocando un fuerte mareo que hizo que cayera al suelo.

—Maldita sea Blake —la tomó en brazos y la llevó a la cama—, no puedes andar como si no trajeras la resaca encima.

Ella se tocó la cabeza y tapó su boca para evitar que el vómito saliera.

—Estoy bien. Ahora, déjame ayudar.

—¿Por qué estás tan afanada en meterte en líos? ¿Acaso quieres morir?

—Quiero ayudar... aunque quizá esté en mi sangre.

—¿El qué?

—Meterme en líos.

—Es peligroso.

—Lo sé.

—Quizá no te pueda proteger.

—No lo necesito.

—Puede que te hagan daño o quieran propasarse contigo.

Fue con esa última frase, que Calder la vio dudar por primera vez. Sabía que algo le ocultaba, pero jamás pensó que fuera a ser de esa índole.

—Lo sé... —dijo ella en una pequeña voz.

—Blake, ¿Hay algo que quieras contarme?

—¿Sobre qué? ¿Del plan?

—No, alguna otra cosa.

Blake frunció el ceño y negó rápidamente con la cabeza.

—Si no es del plan, no tengo idea de que me hablas.

Ambos sabían que mentía, pero Calder no era de los que presionaba y Blake ciertamente no contaría nada que no quisiera decir.

—Vale. Haremos lo que dices, pero si algo sale mal, te vienes junto a mí y haces justo lo que diga.

—Como digas, ¿me darás un arma?

—No lo creo princesa, podrías usarla en mi contra.

—Vamos, necesito con qué defenderme, la mía la perdí... hace tiempo.

Calder se impresionaba cada vez más. ¿Ella tenía pistola personal?

—Vale, pero si te atreves a levantarla contra mi alguna vez de tu vida, ten por seguro que será lo último que hagas en tu vida.

—Sí, sí, dame ya el arma.

Calder rodó los ojos y fue hacia una bonita puerta de madera que estaba incrustada en la pared del camarote, de ahí saco una bella caja alargada. Blake las conocía muy bien, tanto su madre como su padre tenían de esas en su casa. En el interior siempre había dos armas gemelas, normalmente grabadas y diseñadas especialmente para el dueño.

—Toma, úsala con cuidado.

—Lo haré —Blake la tomó y miró el grabado. CH, Calder Hillenburg—, tenemos que buscar un atuendo adecuado para la ocasión, nadie me creerá que soy una de esas chicas con un atuendo como el mío.

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