16- Lucas

3.7K 540 783



LUCAS


Curiosamente, todos en la casa se movían a mi alrededor como si caminaran sobre huevos. Incluso Leo. Era insólito e incómodo; habría preferido ser yo el que exhibiera esa actitud. Como si mi inesperada confesión hubiera desencajado por completo el orden natural de las cosas.

Solo Charles y Ñeñe seguían tratándome con normalidad.

—¿Por qué tienes esa cara, niño azul?

Mi abuela dejó de mirar la televisión (un programa de lucha libre) y me sonrió. No había forma de que ella recordara lo que había pasado días atrás, después de mi pelea con Leo y el posterior golpe en la cara que me propinó mi padre, que no había vuelto a dirigirme la palabra. Ella habitaba un mundo propio. Uno donde yo había deseado refugiarme muchas veces.

Suspiré.

—Me estoy volviendo más raro que antes, abuela. No quería que me trataran como si fuera diferente. Solo quería... no sé, supongo que por una vez, quería ser alguien que no piensa las cosas antes de decirlas y no le importa lo que el resto diga. Como mi hermano. O como Solís.

Ella se rio por toda respuesta. Entonces extendió la mano para pasarla por mi cabello, aplicando una ternura infinita. Me miraba como si lo hiciera por primera vez, pero yo ya me había acostumbrado a que mi abuela descubriera cada día que tenía dos nietos que la amaban mucho. Ese tipo de cosas parecían hacerla feliz.

Le devolví la sonrisa.

—Leíto –me dijo—, hay que dejar que la nieve se derrita bien primero. Ten paciencia. No quiero que te caigas y te hagas daño cuando salgas.

Probablemente, muchos hubieran dicho que estaba desvariando de nuevo. Pero el peso aligerado dentro de mí indicaba lo contrario. A veces, aún en medio de su nebulosa mental, cuando creías que ya no podrías conseguir nada en claro, Ñeñe decía cosas que me daban un inmenso consuelo. No siempre podía interpretarlas bien, aunque me hacían pensar. Pero de alguna forma, sus palabras se acomodaron en mi cabeza y dieron algo de armonía a mi caos.

Dejar que la nieve se derrita bien primero.

La abracé.

—Gracias, Ñeñe.


~~~~~

Sorprendentemente, mamá me dijo que podía ir:

—Ya estás por cumplir dieciséis. –Al decir eso, acompañó sus palabras con un suspiro que no supe interpretar. Se la veía cansada, demasiado cansada—. Solo no llegues tarde.

Sus ojos rara vez se encontraban con los míos. Apreté los labios y abrí la boca, angustiado. Pero la cerré. No sabía qué decirle, aunque por dentro tenía una tormenta de palabras. Era como si mi capacidad verbal no se sintonizara con mis emociones. 

Frustrante.

—Gracias, mamá.

—¿Necesitas dinero?

Lo preguntó con brusquedad, dándome la espalda mientras cortaba los tomates para la cena. Hacía tiempo que ella no preparaba la comida, labor que solía quedar a cargo de padre o de mí. Ambos éramos los mejores cocineros de la casa. Pero supongo que mamá intentaba suplir su culpabilidad por ser tan trabajólica cocinando para todos cada cierto tiempo, aún si lo hacía con evidente desgana.

BICOLOR¡Lee esta historia GRATIS!