Carta abierta para un Dios.

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Carta abierta para un Dios.
Es el ocaso de una vida "bien vivida"  siento tan cerca el final, que con el pasar de los segundos, el Fernet se hace más y más dulce al contacto de mis secos y desgastados labios.  Han pasado ya 95 años, casi el doble de los que tenía pensado vivir. Dicen que es obra tuya, que el todo poderoso y siempre omnipotente Dios, me concedió la dicha de vivir tanto tiempo.  Por fortuna jamás sufrí ningún tipo de enfermedad relevante; pese al excesivo consumo de alcohol, mi debilidad por las mujeres, y mi ya conocida e insana pasión por la comida chatarra. Nunca creí en un Dios, no me importó aquello que temerosos y doblegados buscan con ferviente pasión. No los juzgué jamás, entiendo que nadie es completamente libre, y jugar al azar es tarea de idiotas que gustan de la adrenalina y las aventuras. Albedrío nos diste dicen con ahínco los amantes de la fe y la esperanza. Tomé aquello que "me diste" y lo usé para buscar la anhelada libertad.  Arrasé mi vida entre distopías y lúgubres sensaciones, jamás por mi cabeza cruzaron pensamientos de suicidio, o de envidia, tristemente no podemos decir lo mismo de la mayoría de tus ovejas.  En tu nombre me desterraron afamado Dios; los que te representan en la tierra, me negaron el derecho de ungirme entre los bálsamos de tu sangre, no me hice merecedor de tan alto menester, y  a una hoguera eterna iré a parar sin remedio. Es el ocaso de mi vida, Dios de dioses,  reí, sonreí, ayudé a mis amigos, cuidé de mis padres, ofrecí consejo a quién lo pidió, te negué hasta el cansancio, y siempre tuve claro que solo lo nacido del alma, puede dar frutos a nuestro favor, fui un "siervo" errante, para creer debí ver, sentir y palpar, pero por gracia y desgracia, jamás ocurrió. Es el ocaso de mi vida Deidad  de deidades,nunca  supliqué por tu ayuda, pero a cambio, agradecí a la tierra que me vio nacer, que me alimentó, y que me dio la oportunidad de hechar raíces, fui testigo de incontables milagros hechos en tu nombre, y así mismo por millares de cuentan los vejámenes realizados por los benditos y afortunados; ira, odio, depravación, avaricia, y desinterés total, todo en nombre de un Dios. Quizá no es tu culpa, quizá sí, pero lo que sí es verdad, es que obré mil veces mejor que muchas de tus ovejas mansas y mensas.  Es el ocaso de mi vida, rey de reyes, rey de los sin esperanza, rey del todo, rey de los condenados, y los débiles. Es el ocaso de mi vida, me veo obligado a recitar una y mil veces el salmo de los desherados, aquel que no tiene explicación espiritual, pero como siempre, se aferra a la lógica para entender. En este punto de mi vida, y con el Fernet discurriendo por mi regazo, quiero dejar en claro que mi existir jamás fue en vano ni vacuo, que mi obrar estuvo minado de errores, y que pese a todo obstáculo amé vivir, y que si me dieran a elegir, una y mil vidas las viviría de forma acertiva, y que en mi eterna búsqueda de la verdad, quisiera un Dios más humano, que fuese capaz de cambiar el curso de la historia, sin tapujos, sin miedos, y sobre todo uno que enseñe de manera distinta, sin el yugo que atañe el corazón, ese yugo cargado de castigo y zozobra, ese yugo que arrodilla por el miedo y no por el gozo. Si un Dios existe, quiero platicar con él, y que descubra que no en todos los corazones, cuya ausencia de él hay, existe la maldad.
Atentamente... El viejo del Fernet regado en el suelo.

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