15- Félix

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—Oye, ¿estás bien?

Lucas Morel asintió, sin levantar los ojos de su libro.

A nadie en la clase se le había escapado un nuevo detalle muy obvio en el lado izquierdo de su rostro; la comisura del labio y parte del mentón estaba ligeramente inflamada, teñido de cardenales oscuros.

O le habían dado un buen puñetazo o se había caído de forma estrepitosa. La segunda opción, dada su torpeza pingüina, era mucho más factible. No parecía en absoluto el tipo de persona que se anda peleando con los demás. Ya me lo había demostrado antes, cuando yo intentaba intimidarle; sus ojos y postura gritaban a los cuatro vientos que dar cara en una pelea no era su terreno más estable.

—Deja de mirarme como si pensaras que no me doy cuenta –masculló Lucas pasados unos minutos.

—No te estaba mirando a ti.

Se quedó en silencio unos momentos y luego, titubeante, mientras la profesora de matemáticas anotaba ecuaciones en la pizarra, me preguntó en un susurro:

—No se ve tan mal... ¿no?

—Bueno...

Era difícil para mí hablar con él ahora. Un tipo de dificultad diferente a la anterior. Y eso me frustraba. Las cosas entre ambos habían cambiado desde aquel inesperado encuentro en la Cueva de Platón. Ese día charlamos de forma normal, como personas civilizadas. Fue... agradable.

Y me frustraba que hubiera sido agradable.

—Ya –murmuró, algo cabizbajo.

En el colegio seguíamos tratándonos con una taimada hostilidad, pero interponiendo cierta cortesía. Y aun así, yo sentía que había un hueco que necesitaba rellenar dentro de esa interacción incómoda. Como cuando ves un espacio asimétrico en una repisa de libros. Necesitas reocuparlo para dar armonía al curso natural de las cosas.

Lucas Morel era complicado.

Pero mis relaciones interpersonales siempre eran complicadas.

Nunca me consideré alguien misántropo o asocial. No era uno de esos raros que se colocan en las esquinas intentando ser invisibles con sus audífonos, sus libritos, su mundo interior psicodélico y su pelo teñido de negro. Pero me constaba que otros sí me consideraban raro a mí.

Era otro tipo de prejuicio, claro. Yo era muy consciente de eso. No me miraban como se mira a los nerds, sino como a un anarquista sin límites. Me gustaba esa etiqueta, no lo voy a negar. Y también me enorgullecía mucho poder decir, sin miedo a que nadie me refutara, que yo había empezado a usar prendas de otro color cuando aún no estaba de moda llevarlas.

Los mismos idiotas que me miraban raro en los pasillos, cuando yo tenía once y doce años, ahora iban por ahí con ropa de otro color para parecer rebeldes y diferentes, siempre dándose ínfulas de indiferencia.

Qué ganas de empujarlos loma abajo por la nieve. Sería un descenso glorioso.

—¿Con quién te peleaste? –pregunté.

—Silencio, Solís –avisó la maestra. Encogí los hombros frunciendo el ceño y volví la cara hacia la ventana. A mi lado, Lucas soltó una pequeña risa entre dientes. Le di una patada por debajo de la mesa y el muy cara de charco me la devolvió, pero con tan mala puntería que además de pegarme en la pantorrilla, también movió la mesa de forma estrepitosa, sobresaltando a toda la clase.

—A ver, a ver... ¿qué están haciendo ustedes dos? ¡No se ría, Solís!

No le hice caso y seguí riéndome. Y entre más fruncía el ceño ella, más alta se iba volviendo mi risa convulsiva. Algunos me miraban como si estuviera loco, cuchicheando. Que lo hicieran. Malditos subnormales.

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