Capítulo 25- Polícromo

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Debió suponer que no sería reconocida por los lacayos de su hermana al llegar a las puertas de su propiedad. Era extrañamente una intrusa en ese lugar, des de que se había casado, había sido repudiada por su hermana mayor, Audrey Cavendish. La sociedad no contemplaba la idea de que una mujer se escapara para casarse con un hombre ya casado. Y a nadie le importaban los motivos, los sucesos o el sufrimiento de los protagonistas. Aunque debía admitir que el aspecto que lucía no la ayudaba demasiado a identificarse.

—  Ya os lo he dicho, soy Georgiana Peyton — repitió por tercera vez en las puertas del caserío en el que se alzaba el escudo de los Derby, orgulloso e imponente. 

— Vuelve a tu sucia madriguera—  la empujó uno de los sirvientes con desdén hacia el interior del carruaje. 

— ¿Cómo os atrevéis? ¡Soltad a mi hermana ahora mismo!— resonó una voz de soprano tras de ellos. Ahí estaba ella, fuerte y erguida como siempre, Karen —  Oh Gigi—  corrió a abrazarla su hermana pelinegra — ¿Qué te ha ocurrido? ¿Y tu esposo? —  interrogó notando la falta evidente de Thomas.

—  Es una larga historia —  trató de evadir el tema Georgiana. En esos precisos instantes, lo único que le importaba era su hermana menor Liza. ¿Liza violentada? Era la peor noticia que le habían dado des de la muerte de su padre.  De hecho, si no fuera por esa extraña energía que todas las Cavendish portaban en su interior, incluso la vida empezaría a carecer de sentido para Georgiana. 

—  Pasemos, Liza estará contenta de verte— se miraron de forma cómplice, entendiéndose la una a la otra sin necesidad de hablar. No había palabras, y no querían invadir el silencio con el ruido. En otro momento, en otras circunstancias, todo habría resultado un jolgorio de palabrería, risas y niñerías. Pero ya no era ese momento, e incluso se planteaban si volvería a haberlo. 

Cruzaron salones majestuosos, llenos de detalles lujosos y de sobrinos revoloteando entre ellos. ¡Niños! ¡Qué egoísta se sentía al no poder alegrarse cuando los veía! Eran sangre de su sangre, los hijos de sus hermanas : Mary, Anthon, Áurea, Alice, William, Rouney... Rouney era adoptado, fue acogido por su hermana Bethy y su cuñado Robert cuando tan sólo era un bebé. No obstante, Robert era un hombre de fácil carácter y de corazón tan bondadoso como su hermana blonda, nada que ver con Thomas. Thomas ni si quiera concebía la idea de acercarse a Emma y Geremmy. 

El paso de Karen se detuvo, habían llegado a la recámara de Liza.  La última de las Cavendish. Liza era, sin lugar a dudas, la más bella de las cinco, concebía todas las cualidades de sus hermanas mayores en ella sola, no solo en lo que al aspecto físico concierne sino en personalidad y carácter. Era un ángel en la Tierra, un ángel que algún desgraciado había osado tocar y romper. 

—¿Quién le ha hecho esto ha recibido su merecido?— quiso saber Gigi antes de entrar a la alcoba.

— Edwin, Asher y Robert se han encargado— fue toda respuesta por parte de Karen, que convenció a su melliza. Georgiana conocía muy bien a su cuñado Edwin, y sabía que habría empleado toda su fuerza e ingenio para castigar al mal nacido que había cometido tal atrocidad con su protegida. 

Lo que vio cuando Karen abrió la puerta le rompió el alma. Era lo que faltaba a su vida para acabar de hundirla. Liza en un rincón, ausente. Inamovible. Solo un pequeño respingo y una sonrisa leve le dieron la bienvenida, nada que ver con esos abrazos y ese cariño que solía darle nada más verla. La habían roto. Alguien le había robado a su hermana pequeña. 

— Hola pequeña, mi amor— se acercó Gigi con tiento hacia ella descubriendo que un gatito tan bonito como ella jugueteaba entre sus manos — ¿cómo se llama el gato? ¿Edwin? — Liza amaba a su cuñado mayor, lo consideraba su hermano y por eso llamaba a la mayoría de juguetes por su nombre. 

Manto del firmamento ( IV Saga de los Devonshire)©¡Lee esta historia GRATIS!