Miércoles

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Las cuatro de la tarde y la floresta que dominaba la parte oeste del lago seguía igual de opaca que siempre. Daba igual en qué época fuera: Lo que no tapaba el mismo monte, el bosque ocultaba a toda la gente del pueblo qué había más allá de la colina. Incluso teniendo en cuenta la grandeza del lago que daba nombre a la población, casi nadie se atrevía a pisar las calles del pueblo originario. Las bondades de esa oscuridad eran evidentes: Una sombra genial en verano y un lugar estupendo para ocultarse de las inclemencias del tiempo en los duros inviernos de Espinho do lago.

Los caminos conocidos que llevaban al lago eran pocos y poco transitados. De hecho, me tenía por la única que se acercaba a las aguas por los atajos que, a lo largo de toda mi infancia y mayor parte de mi adolescencia, había ido abriendo a base de necesidad, costumbre, insistencia, y, por qué no, aburrimiento. Ya había encontrado más de diez rutas y, a base de pisotear el duro suelo sobre el que se asentaban los troncos que impedían toda visión, cualquiera podía llegar a las frías y elegantes aguas del lago Emedo. Claro que eran sendas que sólo recorrían cuatro críos (yo incluida) en verano. El resto del año, todo el lago, sus orillas, las ruinas que lo rodeaban, la pradera que se encontraba al norte y la meseta rocosa que se encontraba al oeste; todo ello, era sólo para mí.

Aunque, ahora que esa tal Sofiriena se había instalado en la casa mejor conservada del antiguo emplazamiento de Espinho do lago, no sabía si me iba a poder divertir tanto. Dejando a un lado su excéntrico vestuario, se le notaba acostumbrada a habitar lugares abandonados, dada su naturalidad al llegar allí. Sin duda, era una viajera muy activa pero mi intuición me indicaba que se iba a instalar bastante tiempo por allí. Claro que, teniendo en cuenta lo enorme que era el pueblo antiguo a los pies de la gran loma de la casona, no me resultaría un problema encontrarme alguna otra casa en buen estado para pasar mis tardes entre siesta y siesta.

Sin embargo, mi petulante conciencia insitía en que la diversión se me había acabado. Y digo conciencia y no intuición porque, a medida que me acercaba al pueblo, mejor percibía el ruido que lo dominaba: Golpes, movimientos de tierra, azadas clavándose en la tierra al tiempo que picos y palas, piedras golpeándose unas con otras... alguien estaba haciendo algo en el pueblo y, lo único que se me ocurrió fue que, quien fuera, realizaba unas reformas a lo grande.

Aceleré el paso por el camino más corto para enterarme de qué estaba pasando, para saber cuanto antes si mi paraíso en la tierra había sido sacrificado en loor de satisfacer el capricho de algún ricacho que, al fin, se había dado cuenta de la belleza del lago. Corrí sin perder el aliento pero con una gran sensación de congoja detrás del cuello y, cuando salí de entre las ramas...

...todo el ruido cesó. Aparte de los fuertes latidos que resonaban en mis oídos, el piar de los pájaros, el leve oleaje del lago y el aire que resonaba contra la marea de árboles, el viejo Espinho do lago continuaba inmerso en su absoluto silencio.

Lo único que percibieron mis ojos fue que el pueblo seguía igual de desierto que siempre. La mayor parte de las casas seguía sin techo, los adoquines de la calle principal permanecían deslucidos; los viejos carteles de la tienda y la cantina continuaban en el suelo, pudriéndose; todo igual de sucio y la gran casa en la que se había instalado Sofiriena seguía estando en pie. Pero, tras un análisis más concienzudo, era evidente que sí había ocurrido algo. La imagen del pueblo que tenía grabada a fuego tras tantos años viendo sus restos desde lo alto del camino que llevaba a él, no se correspondía exactamente con lo que me encontré: zanjas recién abiertas, muros no derruidos sino literalmente reconstruidos con sus propios materiales, abundantes señales de pisadas, arena y tierra esparcida en zonas del adoquinado recién rehechas, techumbes que ya no lucían verde musgo sino rojo teja... juraría que aún flotaba polvo en el aire. Quien hubiese causado todo eso sabía jugar muy bien al escondite.

Las sombras del lagoWhere stories live. Discover now