Capítulo 6

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Calder abrió los ojos sintiéndose acosado por unos brazos que no se despegaban de su cuello. Normalmente había reaccionado mal si alguna mujer se aferrara a él de esa forma, pero a la única que le permitiría tales acciones, sería a su esposa, y era ella exactamente la que lo tenía abrazado así.

Blake era una mujer preciosa. En definitiva, una de las pocas que le llamaban la atención más que para solo tomarla una noche. Era verdad que tenía una belleza poco común, lo hipnotizaban sus ojos verdes centellantes como el rocío en el pasto y sus cabellos negros parecían robar la noche cada día, además de su hermoso cuerpo. Pechos insinuantes, grandes como el tamaño de su mano, caderas generosas y curvas, cintura pequeña como avispa y piernas largas y trabajadas, como la de una amazona.

Qué no daría para ponerla bajo de él y hacerle el amor por horas, por días, sin límite, haciéndola gritar, retorcerse y aferrarse a él como única palanca a la realidad y a la vida. Ansiaba verla desnuda y que el rubor coloreara sus mejillas.

—¡Capitán! —dos fuertes toques a la puerta habían venido acompañados de ese grito— ¡Nos esperan en el puerto!

—Vale, voy en seguida.

Blake despertó en ese momento. Calder la miraba con una ceja levantada, burlándose de ella y de la forma peligrosamente sensual en la que las curvas de ella se pegaban al cuerpo varonil.

—Por qué no me ha quitado si lo incomodo —se apartó de un brinco.

—Es obvio, no quería ni tampoco era como si pudiera. Es más fuerte que un pulpo cuando se trata de abrazarme —Calder se sentó en la cama— ¿Acaso salen a lucir sus deseos ocultos cuando duerme?

—¡No! Por supuesto que no es así.

—¿En serio? —sonrió—, comienzo a dudarlo mucho.

—¿No tiene algo que hacer? —la joven imploraba su partida.

—Puedo posponerlo si su deseo no lo tolera.

—No se preocupe por mí, no hay nada por lo cual deba detenerse.

—Es una lástima.

Calder dejó caer la sabana que cubría la mitad de su cuerpo, dejando a la vista su cuerpo fornido que quitaría el aliento de cualquiera, menos el de Blake, a ella solo le quitaba la paz.

—¡Dios mío! ¡Usted y su tendencia exhibicionista!

—Y usted siempre tan puritana.

Ella frunció el ceño y volvió la vista hacia otro lado, evitando verlo pasearse por la habitación a sus anchas.

—Será mejor que también te cambies, ahora que hiciste que te trajera conmigo, tienes que acompañarme a esos lugares donde una dama no debería ir. Pero es más peligroso que te deje aquí, donde todos saben que estás y seguramente serás una tentación agradable.

—Iré gustosa, así, si alguna vez hace falta su presencia, sabré que hacer con sus posiciones.

—¿Estás intentando decir que si muero?

—O si es envenenado, todo puede pasar.

Calder dejó salir una varonil y estruendosa risa que descolocó a la joven y la obligó a ponerse de pie con ojos volteados.

—Solo quiero ver su intento de asesinarme, antes muere usted.

—No lo dudo ni un poco.

—Me alegra que sea así. Cámbiate ya.

El último Bermont¡Lee esta historia GRATIS!