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—Niña cotilla.

Juliet tragó saliva y lentamente se dio la vuelta.

Allí estaba él. Era alto, realmente alto. Se notaba en su complexión y en sus facciones que era mucho más maduro que ella. Tenía el pelo negro levemente ondulado y unos ojos casi tan oscuros como el susodicho.

Tenía miedo. En cierta manera, aquel chico la intimidaba con su altura y su atractivo.

—Yo... No... Yo...

—Cállate —espetó él con su ronca voz—. No sé qué mierda te pasa por la cabeza, pero esto no es asunto tuyo, ¿lo entiendes?

—Lo siento.

—Ya.

El chico la soltó por fin, y Juliet sintió que le había dejado la mano dormida. Ninguno de los dos se movió. Él miraba la tumba de su difunta novia. Ella lo miraba a él, a su rostro, el cual parecía atormentado.

No sabía por qué, no sabía cómo, no sabía nada, pero lo abrazó. Rodeó su torso y lo apretó con fuerza, escondiendo la cabeza en su pecho. El chico se quedó rígido, todos los músculos se le tensaron. Juliet siguió apretando hasta que finalmente se relajó levemente. Lo escuchó suspirar con rendición y sintió que envolvía la parte superior de su espalda con los brazos.

—No necesito que me abraces.

—Cállate —replicó Juliet, usando el mismo tono cortante que había usado él.

Resopló, pero obedeció.

Un par de minutos más tarde, Juliet escuchó los leves sollozos del chico, que intentaba contenerse. Lo abrazó con más fuerza, tratando de consolarlo mientras acariciaba su pelo.

Y allí se quedaron. Solos, abrazados, fundiéndose el uno en el otro.

Cartas a una muerta.¡Lee esta historia GRATIS!