Nubes de tormenta

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Era miércoles y el día había empezado peor que mal

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Era miércoles y el día había empezado peor que mal. Todas las nubes de tormenta de California se habían puesto de acuerdo para descargar en Barts, justo a la hora en la que iba andando hacia el trabajo. Y justo el día en que mi paraguas estaba roto.

Bueno, mi paraguas y todo lo que había tenido la mala suerte de estar en mi habitación cuando Emmelie entró en ella.

El viernes siguiente a pasar la noche en casa de Jeannette, hacía ya casi una semana, cuando había vuelto del trabajo, ya no tenía presente lo sucedido la noche anterior. Así que al entrar en mi habitación, y recordar que el tornado Emmelie había pasado por ella, se me cayó el alma al suelo. Mis apuntes sobre teoría de la fotografía estaban esparcidos por el suelo, los botes de revelado abiertos y su olor avinagrado flotando por todas partes y la ropa de mi armario estaba en la bañera, pudriéndose en un baño de espuma. 

Pero nada de eso me dolió tanto como ver los carretes del profesor Sánchez colgando de la barra de la cortina, expuestos al sol y totalmente velados. Lloré de rabia e indignación. No tenía dinero para comprar material, ya que todo lo que tenía ahorrado se lo había dado a Joe para Helmi, y pedirle al profesor un par de carretes más, después de lo generoso que estaba siendo conmigo, habría sido aprovecharme de su buena fe.

Por suerte, en aquel momento ninguno de los carretes que ya había tirado estaban allí y mis fotografías para el proyecto trimestral consiguieron esquivar el desastre. Yo solía dejar los negativos en la escuela de arte después de revelarlos y el único sin revelar aún estaba en mi cámara. Tendría que apañármelas con las diez instantáneas que me quedaban por tirar en aquel carrete.

Pero cuando ya había secado mis lágrimas y me sentía resuelta a resurgir de aquellas cenizas, mi madre había aparecido para asegurarse de que no lo hacía tan fácilmente. Con una voz llena de desprecio me había tirado una escoba a la cabeza mientras me echaba en cara que no fuera capaz de cuidar de mis cosas como era debido.

Había sentido deseos de romperle la escoba en la cabeza y correr a la habitación de Emmelie para destrozarla, pero había conseguido serenar mi ira interior y convencerme de que la venganza era un plato que se servía frío. Porque se había acabado lo de dejar que me trataran con aquella crueldad, que se creyeran con derecho a anularme hasta hacerme creer que no podía luchar contra ellas. Les iba a devolver todo lo que me estaban haciendo y lo iba a hacer con la cabeza fría.

Por eso opté por dejar la habitación como mi hermana la había decorado. Por eso, con una tranquilidad pasmosa, bajé a la cocina y dejé la escoba en su sitio, tras la puerta. Y por eso, aquella mañana de miércoles, casi una semana después, aún no había repuesto mi paraguas roto.

Pasé toda la jornada calada de lluvia y muerta de frío. Empecé a estornudar, a notar picor y dolor en la garganta, a tener ronquera y tuve que disimular que no me estaba resfriando cuando sentía sobre mí la mirada acusatoria de Joshua, mi jefe, que parecía estar advirtiéndome de que si me ponía enferma ya podía despedirme del empleo.

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