Lo que realmente importa

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En la madriguera había demasiado silencio. Jeannette y yo siempre llegábamos casi a las nueve, pero Mick y Joe solían estar allí a las siete. Y como ya eran las siete y cuarto debían de estar calentando. Pero no se oían ni la guitarra ni el bajo. 

Bajé las escaleras temiendo no encontrar a nadie, aunque las luces estaban encendidas. Cuando asomé la cabeza los vi a todos: Mick, Joe y Jeannette, sentados en los amplis, apoyados en las paredes, con la vista baja. Cruzados de brazos. Nunca los instrumentos y los micrófonos me parecieron tan inútiles, tan abandonados.

—Hola.

Mi voz les sacó de aquel trance extraño en el que habían estado durmiendo. Me miraron y me dedicaron una sonrisa. Me acerqué y saludé a los chicos con una palmada en la espalda antes de abrazar a Jeannette y sentarme con ella.

—Acabo de estar con Simon —Les anuncié—. Se ha ido a casa, está muy preocupado por su abuela.

—Precisamente hablábamos de él y de Helmi hace un momento —dijo Jeannette—. También nos preocupa la situación. No viven en la casa mejor aislada de Barts, precisamente, y cuando el frío empiece a apretar tememos que la cosa vaya a peor.

—Esa caravana es poco más que una caja de cartón. —Se quejó Joe, pasándose la mano por los cabellos y acabando la frase con un suspiro de disgusto—. Además la habitación de Helmi tiene una grieta enorme en una de las paredes y las ventanas no están bien aisladas. Entra un frío del demonio por los marcos. No es el mejor lugar para que mejore. Ella necesita un sitio en el que poder estar atendida y cuidada, aislada del frío de diciembre.

—No sé cómo no está ingresada en el hospital —dije.

Joe me miró y negó con la cabeza.

—Por dos razones, la primera porque los médicos que la han visto hasta ahora no han considerado que necesitara ingreso hospitalario, ve tú a saber por qué motivo. Y el segundo porque aunque encontrara a algún médico que pidiera su ingreso Helmi no querría que Simon cargara con facturas médicas por su culpa.

—Tengo una idea —intervino Jeannette— ¿y si la llevamos a la residencia hasta que mejore? ¿Podría hacerse?

Joe levantó las cejas y asintió.

—Bueno, alguna cama libre hay. Sería perfecto para ella, la verdad. Allí siempre hay un médico y varias enfermeras. Pero no sé si la aceptarían sabiendo que entra enferma, el director es un cabronazo. Habría que untarle bien y ni Simon ni nosotros tenemos con qué.

—Yo podría conseguir algo de dinero —se ofreció mi amiga.

—Tu padre no te dará ni un dólar, Jean —replicó Mick.

—Ya lo sé, no voy a pedírselo a él. Puedo vender algunas cosas que no utilizo y por las que podría obtener un buen precio.

Yo sabía a lo que se refería: a todos los regalos que su padre le enviaba y que ella no abría. A los móviles, relojes y joyas que tiraba en un cajón por no lanzarlos a la basura y que las doncellas se chivaran a su padre. Cosas con las que aquel hombre de negocios intentaba suplir su presencia y que Jeannette odiaba con todas sus fuerzas. Vendiéndolas incluso se hacía un favor a sí misma.

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