Refugio

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Nunca cinco horas pasaron tan lentamente como las de aquel viernes por la tarde en la escuela de arte

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Nunca cinco horas pasaron tan lentamente como las de aquel viernes por la tarde en la escuela de arte. Había mantenido el sueño a raya durante toda el día a base de café, pero a las seis de la tarde empezó a ganarme la batalla. Y mi profesor, el señor Sánchez, no estaba por la labor de tolerar poca atención en su clase. Para variar. 

—¿Te estás quedando dormida, Winters?

Me lo dijo en aquel tono irónico, sarcástico, que solía utilizar cuando alguien le decía que su mayor aspiración era ser fotógrafo de moda.

—Lo siento —no merecía la pena intentar negarlo, era más que evidente—. Sé que no es excusa, pero anoche estuve haciendo fotografías para el proyecto trimestral —saqué de mi bolso bandolera los carretes que había tirado la noche anterior y los dejé sobre la mesa—. Quería bajar ahora a revelarlos. 

—Perfecto. Cuando los tengas colgados avísame, quiero echarles un ojo.

—Claro. 

—Y procura dormir lo suficiente antes de venir a mis clases o no hace falta que vengas.

Le dediqué una sonrisa desganada, por no sacar a pasear el dedo corazón, y seguí con el test sobre distancias focales que nos había repartido. Lo acabé como pude, lo dejé sobre su mesa y bajé al laboratorio con los tres carretes. Algunos de mis compañeros de clase habían invertido en una cámara digital (y digo invertido, porque el precio era una obscenidad) y otros preferían pagar por el revelado de los carretes en tiendas de fotografía profesionales, por lo que ya no pisaban el laboratorio y aquella habitación oscura era casi exclusivamente mi territorio. Únicamente lo compartía con mi profesor, que también revelaba allí sus carretes y positivaba sus fotografías. 

Como no tenía a nadie que me metiera prisa fui haciendo a mi ritmo y acabé de revelar el último carrete pasadas las ocho. Mientras lo colocaba para que se escurriera tocaron a la puerta y la abrieron al momento. Mi profesor entró y dejó la puerta abierta. Lo agradecí, aquello alivió el olor avinagrado de alguno de los líquidos de revelado y los tanques, que aún no había recogido. Fue lo primero en lo que se fijó.

—Acuérdate de dejar todo recogido antes de irte. 

—Sí —dije y me puse a ello sin más.

Robert se acercó a los negativos y entrecerró los ojos para observar las figuras que había retratado en ellos.

—Controla más la temperatura de los químicos, Carol. En éste, con tanta mancha oscura, se te ha ido un poco de las manos. Cuando volvamos a clase te pasaré una tabla que te ayudará a decidir, según las condiciones del negativo, el contraste y el grano que quieras al final. Ya veremos qué podemos sacar de aquí, no pinta del todo mal.

—Gracias. 

Ya había acabado de secar y guardar los tanques y estaba apoyada en el fregadero. Los ojos me picaban y veía un tanto borroso. Miraba a mi profesor sin verlo y él se dio cuenta.

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