Estrellas

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Hinkley no era un pueblo fantasma, pero me dio la impresión de que le faltaba poco para serlo

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Hinkley no era un pueblo fantasma, pero me dio la impresión de que le faltaba poco para serlo. Cuando lo atravesamos con la furgoneta apenas vimos luces encendidas, ni siquiera las de las farolas, y mucho menos gente en la calle. Solo las estrellas brillaban en aquel rincón perdido y me pareció un lugar escalofriante. Por suerte para mí la feria estaba plantada a las afueras del pueblo, porque si hubiéramos tenido que detenernos allí en medio no me hubiera atrevido a bajar del coche.

Así pues, nos guiamos por las luces de colores y los ecos de la música rebotando en las paredes rocosas del paisaje, hasta que llegamos a un improvisado y caótico parking junto a las atracciones.

Allí no solo había una pista de coches de choque y una noria, como había dicho Joe; también había un carro de hot-dogs, palomitas y algodón de azúcar; una pequeña carpa donde por 5 dólares podían leerte el futuro y una caseta en la que el premio por derribar una montaña de latas era un extraño peluche. En cuanto Jeannette vio ésta última salió corriendo hacia allí:

—¡Siempre he querido uno de estos! Mi padre nunca intentó ganármelo, decía que él podía comprarme los muñecos que quisiera y que era una pérdida de tiempo y dinero.

Se giró hacia nosotros y arrastró a Simon cogiéndole de la mano para llevarle hasta el mostrador.

—Si alguno de nosotros puede conseguirlo, ese eres tú, Simon. Eres el que tiene los brazos más fuertes. ¿Puedes intentarlo por mí? —le suplicó juntando las manos como una niña buena.

Simon se giró un segundo para mirarme y al ver mi sonrisa se decidió a ayudarla.

—¿Tú también quieres uno, Carol? —preguntó Mick mientras se encendía un cigarrillo.

—No. La verdad es que nunca me han gustado los peluches.

—Pues te vienes conmigo a los coches de choque, ¿no?—dijo Joe pasándome un brazo sobre los hombros.

Entonces fui yo quien miró a Simon y encontró su sonrisa, así que dejamos a Jeannette, Simon y Mick lanzando bolas y Joe y yo nos fuimos a los coches de choque.

—Te advierto que no soy buena copiloto —le confesé mientras él sacaba las fichas.

—¿Copiloto? ¡De eso nada! Esto va a ser un uno contra uno. Tú tendrás tu coche y yo el mío.

—Pero yo no me he subido en la vida en uno de estos.

—Carol, te juro que a veces, hablando contigo, tengo la sensación de que lo hago con alguien que nació ayer.

El comentario me sentó mal y debió de verse en mi cara porque Joe intentó rectificarlo enseguida. Volvió a pasarme el brazo por encima de los hombros y me habló en tono despreocupado mientras nos dirigíamos al lateral de la pista.

—No lo digo como si fuera algo malo, pero sí es curioso. Me resulta curioso que hayas vivido tan protegida veinte años. No sé, quizás donde te criaste la vida era muy diferente a todo esto. Aunque no creo, porque no fue tan lejos de aquí.

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