Sonreí.

—O sea que esto es en serio.

Abrió un ojo. Charles se echó sobre su estómago y empezó a amasar su camisa, ronroneando.

—¿Qué quieres decir? –preguntó.

—Antes, cuando te gustaba alguien, siempre hablabas de su aspecto físico. De lo largo que te imaginabas su pene, de la forma de sus pechos...

—¡Diana es muy guapa!

—Pero no te referiste a ella como... como un objeto sexual, sino como una persona. Dijiste que podrías escucharla hablar todo el día, ¿no? Eso significa... que realmente estás enamorado de ella.

Mi gemelo se quedó callado. Pasó de la consternación a un estado reflexivo. Me permití el silencio también, disfrutando el momento. La música de jazz transformaba el ambiente de mi habitación en una nube de completa relajación. Al cabo de unos minutos, Leo suspiró, mirándome impresionado.

—A veces hablas como un viejo experimentado, aunque eres más virgen que la nieve recién caída —dijo.

—Tú también eres virgen.

—No de la boca.

—¡Ahgg, cállate!

Sus carcajadas se me contagiaron.

—Por eso me gusta hablar contigo –admitió, sentándose en el borde de la cama con Charles entre sus brazos—. Siempre me dices lo que necesito oír. Y por eso quiero ayudarte a aclarar tus pensamientos. Deja que tu hermano te ayude. ¿Me dejas?

No me gustaba el camino que estaba tomando la conversación. Los ojos de Leo eran brillantes y determinados ahora. Levantando mis defensas, alcé las cejas, esperando a que prosiguiera. Él articuló una media sonrisa artera. Mierda.

—¿Te gusta alguien, cierto?

—No.

—Sé que sí. No has sido tú mismo estas últimas semanas.

—No me gusta nadie.

—¿No? Pues por ahí escuché un rumor...

Me quedé de piedra.

—¿Un rumor?

—En el colegio. Bueno, digamos que me lo preguntaron directamente. Para qué te voy a mentir.

Sentí una gelatina fría en mi estómago. Miré al gato, quien me miró a su vez con un somnoliento pestañeo. Aquello sirvió para calmarme un poco.

—¿Qué te preguntaron?

—Unas niñas de mi curso que pasaban detrás de los camarines dicen que te vieron besar a Félix Solís. Ya sabes que a ese todo el cole lo conoce. Y tú, como eres mi mellizo...

—Mierda –solté.

Leo me miró asombrado. Al parecer, no se había terminado de creer del todo aquel rumor hasta ahora. Maldije a Solís internamente. Pero lo cierto es que ni yo llegué a pensar que alguien pudiera habernos visto ese día, a excepción de Brenda. Y sabía que ella nunca andaría diciéndolo por ahí.

—¿Entonces...?

—Sí, ¡me besó! Fue un juego de mal gusto, ¿vale? No fue nada serio. Yo no le gusto a él.

—Pero él te gusta a ti.

—No, idiota. Ya te dije que no. 

—Te besó y te dejó loquito.

—¡Cállate! –Mi cara se sentía caliente y sentí que me sofocaba. Respiré hondo—. Cállate, ¿vale? Ese beso no significó nada. Yo no soy un enamoradizo bobo como tú.

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