14- Lucas

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LUCAS


Con un maullido, Charles se movió entre la anarquía habitual de mi habitación y saltó hasta mi regazo, ronroneando. Mis padres habían desistido hacía mucho tiempo de que mantuviera el lugar ordenado; entre esas cuatro paredes donde me refugiaba la mayor parte del día, todo era un caos de libros, vinilos y discos.

Las repisas se llenaron cuando yo tenía trece años, por lo que mi creciente biblioteca comenzó a ocupar sitio en el piso, el velador y la mesita junto a la ventana, la cual mantenía con las cortinas abiertas casi todo el tiempo, pues me gustaba poder contemplar las montañas. Si no fuera por eso, realmente parecería una cueva.

Leo decía que era "mi caparazón".

Acaricié a Charles bajo la barbilla y él frotó su aterciopelada nariz contra mis dedos cerrando los ojos con placer.

—¿Tuviste un día interesante?

Era un gato azul delgado, cariñoso y tranquilo. Desde que Leo y yo lo encontramos maullando bajo una rueda de auto, se transformó en mi mejor amigo. Cuando él me miraba, me sentía mucho menos ansioso. Era como si me dijera: "disfruta el momento conmigo". Entonces, yo empezaba a hablarle. Le hablaba y le hablaba, transformándome en una persona diferente, en alguien sociable, alguien con muchas cosas que contar.

¿Quién necesita psicólogos cuando puedes tener un gato?

—Hoy vi a Solís. Trabaja en la tienda de discos. Aún no me creo que...

Suspiré a media oración y me levanté para colocar el vinilo de John Coltrane en el tocadiscos. Me senté en la alfombra, meditabundo, mientras sonaba Blue Train. Charles maulló y se frotó contra mi brazo, reclamando atención. Lo tomé en brazos, hundiendo la nariz en su pelaje.

—Es tan raro, Charles

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—Es tan raro, Charles.

—¿Quién es raro?

La voz de Leo, que entró sin golpear, me hizo dar un respingo y el gato, asustado, se escabulló entre mis brazos para saltar al escritorio. Mi hermano se rió. Siempre le hacía gracia cuando Charles se asustaba. En ese sentido, el felino y yo éramos parecidos: a la menor perturbación de nuestra paz, nos alterábamos de formas que a otros resultaban incomprensibles o exageradas.

—¿Por qué te ves tan contento? –le pregunté, algo malhumorado. Leo se tiró sobre mi cama con los brazos tras la nuca y sonrió.

—Diana se me declaró.

Lo miré asombrado.

—¿En serio?

—Me invitó a salir. Iremos a comer pizza el viernes. Dios, ella es tan... —Leo cerró los ojos—, podría escucharla hablar todo el día.

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