Dos contra el mundo

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El lunes por la mañana un cargamento de carne enlatada me esperaba en la entrada del almacén

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El lunes por la mañana un cargamento de carne enlatada me esperaba en la entrada del almacén. Me tocaba inventariarla, clasificarla y colocarla en las transpaletas para que los reponedores empezaran su trabajo a las nueve. Resoplé tan fuerte que hasta se me movió el flequillo. Solo la visión de todo aquel trabajo ya me agotaba, pero me puse a ello con decisión, porque mientras lo hacía mi mente no vagaba en otros pensamientos, como la decepción que yo misma suponía para mi padre. O los calambres en el estómago que me producían el recuerdo de Simon. 

Me había estado mensajeando con él  todo el fin de semana y los veinte dólares que había en la tarjeta de prepago de mi móvil habían menguado drásticamente. Por suerte Simon me había dicho dónde y cómo  podía recargarlo, e incluso se había ofrecido a compartir los gastos ya que, según él, era el culpable de que mi nuevo juguete fuera a arruinarme. Por supuesto le dije que no hacía falta, pero él insistió y me prometió llevarme una tarjeta de recarga el próximo jueves a la madriguera. Y yo, que no tuve el valor para decirle que mi padre me había prohibido volver a allí, simplemente le dije «Gracias».

Y allí estaba yo, empezando la semana con un cacao en la cabeza y el corazón, sin saber qué hacer con mi vida. Intentando mantener la cabeza despejada, fría, concentrada. Cuando mi encargado, Joshua, se me acercó para, según él, traerme buenas noticias.

—Me dijiste que te avisara cuando pudieras hacer más horas. Bien, pues mañana es el último día de Roger, así que puedes quedarte con parte de su turno, o con el turno completo si quieres. 

Roger tenía un turno de seis horas que empezaba cuando yo acababa el mío. Era mi relevo de la tarde. Yo, que hacía cuatro horas, quería hacer al menos dos más así que le propuse a Joshua alargar mi horario hasta las dos del mediodía. Mi encargado estuvo de acuerdo y quedamos en que me pasaría por las oficinas antes de irme y formalizaríamos un nuevo contrato con la ampliación de horario. Sin duda sí había sido una buena noticia, significaba que tendría más dinero a final de mes, que iría menos justa, y todo sin que afectara a mi horario en la escuela.

Pero solo si no se lo contaba a mis padres. Y decidí no hacerlo.

Si sabían que trabajaba más horas me subirían la asignación para dar en casa y eso me dejaría como antes. Y yo necesitaba tener más dinero, porque en aquel tiempo, aquel dinero para mí, significaba libertad. Desde que había visitado a Joe en su pequeño apartamento había estado pensando en hacer algo parecido. En buscarme un sitio para mí sola que pudiera mantener. Pero el miedo siempre me había echado para atrás. El miedo a qué diría mi familia, a no soportar los comentarios dolorosos que seguramente harían cuando me lanzara a hacer algo que tanto necesitaba. Que tan feliz creía que me haría. Sus reproches y desprecios que siempre acababan por entristecerme o hacerme sentir mal cada vez que algo bueno me pasaba. Su voluntad incansable de hacerme sentir pequeña e insignificante.

Seguía en casa de mis padres por aquel miedo, porque todavía pesaba sobre mí de manera implacable el juicio de mi padre, porque estaba tan anulada que no me sentía capaz de hacer nada valiente por mí misma. Porque me habían hecho sentir que dependía de ellos, que ellos dependían en cierta forma de mi ayuda (que no de mí como persona) y que si me iba los estaba abandonando de manera ruín. 

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