13- Félix

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FÉLIX



Siempre me han resultado curiosas las formas en cómo puede cambiar tu percepción de alguien.

A veces, solo basta un intercambio inesperado de palabras en un momento discordante, fruto del azar y la casualidad. Así me pasó con Lucas, cuando yo aún lo llamaba "Morel". Todo puede mejorar o empeorar según las palabras que empleamos. 

Otras veces necesitas un empuje que parece irse prolongando a medida que el mundo cambia en tus ojos. Así me pasó con Irene. No fue con las fotos que colgaban en las paredes de nuestro hogar ni con aquella tarde en que me dijo que me compraría prendas azules.

Con mi hermana necesité una serie de elementos que se fueron sumando uno detrás del otro en un ritmo cadencioso. Es como una colección. Al principio, cuando tu colección solo tiene uno o dos objetos, parece pobre, incluso patético. Pero la colección crece, añades a ella más y más elementos, y entre más la miras, más cariño y valor tiene para ti.

Irene era una invaluable colección de momentos.

Pero hay ocasiones en que esa percepción humana es mucho más violenta. Como los cortes que te haces mientras pelas una fruta; son desprevenidos, dolorosos. Solo necesitas un segundo para convertir una piel inmaculada en una línea que se desangra, que escoce.

Así me ocurrió con Brenda, la chica que me gustaba por entonces.

Y fue el mismo día en que Morel compró el disco de John Coltrane y mi antipatía hacia él se transformó en una incómoda maraña de conflictos.

—Me gusta cómo lo haces, cabrito –me dijo el Grillo mientras cerrábamos la tienda—. Hoy te desenvolviste muy bien solo.

Encogí los hombros, pero la sonrisa en mis labios delató mi mal disimulado orgullo.

—Solo fue una hora.

—Y en esa hora vendiste dos vinilos y nada se incendió. Bien hecho.

Usando solo un brazo, el Grillo bajó la cortina metálica y luego me dio la paga del día. Guardé los billetes en el bolsillo de mi pantalón con un sentimiento de honda satisfacción.

—¿A qué hora mañana?

—Mañana estás libre. Ven el martes y el jueves por la tarde. Te voy a necesitar esos días.

Asentí y me despedí, echando a andar hacia mi casa soltando nubes de vaho. Estaba cayendo la noche y había comenzado a nevar, pero las luces de las farolas, el ajetreo de los transeúntes en las calles y los letreros luminosos de los boliches y cafeterías sumergían la ciudad en un ambiente animado, que invitaba a quedarse en ellas un rato más. 

Vivalri era, pese a su clima, un sitio ruidoso en el que se desarrollaba una constante vida nocturna. Solo una temporada de nevadas intensas, de esas que taponan las puertas y las alcantarillas, podían impedir que la gente saliera.

Cuando te acostumbras a vivir en una ciudad pequeña como esta y aprendes su lenguaje, aprendes también que hay muchas maneras de matar el aburrimiento. A menos que seas de la raza misántropa, como Lucas Morel.

—¡Váyanse, extranjeros de mierda!

Me detuve. En la esquina de una ferretería que estaba cerrando, un hombre amarillo, de mediana edad, agitaba el dedo hacia una pareja roja de cartoneros. El otro hombre hizo un gesto de paz con las manos, asintiendo con la cabeza.

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