Conociendo el monte

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Mucha gente cree que cuando uno le dice que viene del campo, viene de un lugar imaginario llano, lleno de vaquitas y gente con ruana. Casi nadie entiende que el campo colombiano, claro, de donde vengo yo, es un hijuemadre monte, que lo que menos tiene es llano. Perdónenme si ven que hablo sin un léxico muy antioqueño, manizaleño o bogotano; los intelectuales de nuestra "patria". Cómo serán de intelectuales que tuvimos cinco años una "patria boba". 

A mí me parecía muy chistoso que en la escuelita que estuve, solo daban hasta cuarto de bachillerato; así que hice tres veces cuarto, mientras tenía la edad para ir a ayudar a la finca. Pero gracias a esa escuelita, el Estado decía que nos cuidaba. ¡Ja! El gobierno era un chiste para nosotros, los arrieros. Sabíamos que nos robaban, pero teníamos nuestra fe a uno de estos dos: el Partido Liberal o el Conservador. En el 28 le tocaba gobernar al godo.

En el pueblito, cuando acompañaba a mi señor papá a vender la carga, veía la desconfianza de los otros. Tocaba ser pícaro para sobrevivir en este mundo. Claro, nuestro mundo se reducía a Antioquia, Cundinamarca y Caldas. Usted veía a Bogotá como un lugar lejano, difícil de acceder como un berraco. Vea, no le digo yo, Colombia parecía tan inmensa, que hasta nos dijeron que los nicaragüenses nos dieron unas islitas.

Claro, uno leía eso en periódicos más politiqueros. Solo vea los nombres; Vanguardia Liberal. Uno con ese nombre no piensa en un periódico de dos partidos. ¿Me va a decir que no? Es una mala maña colombiana eso, de usar los periódicos como propaganda.

Vea, no es normal que un arriero como yo se interese en temas de esa gente superior. Yo no era uno de esos antioqueños orgullosos de su universidad, porque es que ni la conocía. Yo solo veía a mi señor padre sudar y trabajar; y a mi señora madre hervir matas. Lo más intelectual que hacía era ir a misa los domingos. Cómo será de bueno Dios que nos envió a los sacerdotes a nosotros, al pueblo.

¿Cuándo la universidad de fulano de tal nos ha enviado un señor profesor? Nunca. Pero Dios no nos abandona. Claro, el diezmo hacía un vacío casi tan profundo en el bolsillo, como el de pagar por el embrión de ternero para hacer el caldo con el que se alimentan a las bestias. Pero el sacerdote necesita vivir también, ¿sí o no? Igual yo no sé de economía.

Pero me desvié del tema. Yo les iba a decir que había un agitador por Antioquia, que dizque asustaba a los pobres curas con sus escritos. Fernando González, un tal brujo de Otraparte. Para nosotros hay tres doctores que salen de esas universidades: los normales, los que curan enfermos; los señores ingenieros, los que hacían pueblos en dibujos; y los abogados, que le decían a uno qué firmar para comprar una tierra. Vea que ese tal fulano era un abogado. Pero ese hombre escribía. Yo nunca lo pude leer ni oír. Solo escuché su nombre e historia de un hombre pomposo y lozano que venía al pueblo para hablar con el sacerdote.

Después, en la homilía (vean que sé palabras raras yo también), el sacerdote salió político. Decía que los conservadores eran amigos de Cristo. Pero yo no entendía por qué. Jesús nos dice que debemos enseñar y predicar la palabra de su Padre. Y esos malparidos solo nos daban una triste escuelucha que daba hasta cuarto. Porque es que yo sabía que el señor presidente era conservador, Miguel Abadía Méndez.

Yo en el 1928 ya tenía 17, lo necesario para estar listo y dispuesto para seguir a mi padre en el campo. Lo primero que tocaba hacer era tumbar montaña para poder cultivar y poder poner las vaquitas que todos se imaginan que hay en las fincas; aunque nosotros teníamos era cerdos. La vecina era la que tenía la vaca lechera, y con eso comíamos nosotros. Vea, nosotros éramos mi señora madre, mi señor padre, mi querida hermana, mi hermano Fermín y yo. Fermín tenía 2 años más que yo, pero salió siendo un taimado. Y mi querida hermana aprendía el trabajo de hacer menjurjes con mi madre.

La finca era grande, muy grande. Pero no había luz. Tocaba a punta de vela y sol. Teníamos dos perros. Siempre les confundía los nombres. Uno era Uribe y el otro Ordóñez. Esos dos solo servían para ladrar. Sin embargo asustaban hasta al más fiero de los bandidos; incluso asustaban a los vecinos que venían a traernos comida. Porque eso sí, entre familias nos ayudábamos. Solo fue hasta que lo oí en Medellín (cuando me fui del Cairo, después les cuento) que a eso se le llamaba socialismo cristiano. Y que eso lo apoyaba un señor muy inteligente y ex-presidente Miguel Antonio Caro. Trabajábamos la tierra, primero que nada, para comer; después para vender.

Les podría seguir hablando de cómo aprendí a caminar o por qué mi querida hermana no pudo ir a la escuelita. Pero esas historias serán para otra ocasión. Creo que, con lo que les dije, se les va a quitar esa idea, casi pendeja, de que el campo colombiano es un lugar de vaquitas y hombres con ruana (claro, yo cargaba la mía). El campo es para berracos. Vea que le digo que es que hay que tumbar montaña y todo. Y a punta de machete y hacha. ¿Qué tiempo nos iba a quedar para ponerle luz a la finca? Con lo que teníamos, vivíamos.

Del Costumbrismo a la Modernidad ColombianaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora